
La ex integrante del consejo de redacción de EeA recientemente disuelto ha escrito este artículo, comentario de un libro que consideramos muy interesante y que estaba listo para publicar en el número de Ecologista. Al haberse producido el despido de la coordinadora de la revista, lo publicamos aquí al considerarlo de interés.

Lena Pettersson 5-03-2026
Según la historia convencional de la energía, hemos pasado por diferentes etapas, o “eras”: la era de la madera, del carbón, del petróleo, del nuclear, de los renovable (en curso) – que da a entender que ha habido una sucesión de fuentes de energía que se han reemplazado una tras otra. Sin embargo, según Fressoz, es una historia falsa que solo crea confusión científica y dilación política a la hora de afrontar el reto climático. Nos llama la atención sobre el hecho de que tras dos siglos de “transiciones energéticas” la humanidad nunca ha quemado tanto petróleo, gas, carbón y madera como ahora.
La “Nueva historia de la energía” que cuenta Jean-Baptiste Fressoz es la del entrelazamiento simbiótico y la expansión de todas las fuentes de la energía. Es decir, las fuentes no se sustituyen, sino dependen mutuamente unas de otras. Por ejemplo, la industrialización del siglo XIX se suele describir como una transición energética en la que la madera perdió terreno frente a la hulla. Sin embargo, esta historiografía omite los datos de la madera utilizado como material: como puntales en los túneles y las galerías de las minas, como traviesas de las vías del ferrocarril (que antes del comienzo del uso de creosota había que sustituir por término medio cada cinco años), etc. Considerándolo todo, se ve que Gran Bretaña consumía más madera para obtener energía en 1900 que en la época preindustrial.
En cuanto al carbón – que también se supone que salvo algunas excepciones pertenece a una era pasada- su consumo global se triplicó entre 1980 y 2010. En China se multiplicó por 10, y aún así Sudáfrica, Polonia y la India tienen mixes eléctricos con una proporción más grande de carbón que el gran país asiático. En la mayoría de los países europeos, si analizamos el carbón incorporado a todos los productos importados y no solo el quemado, el consumo de carbón difiere mucho de las cifras que se suelen publicar. En muchos casos hasta se multiplica por diez. Subraya Fressoz que aunque sea difícil saber los números exactos, lo que tenemos que recordar es que vivimos en un mundo globalizado que hace difícil medir la descarbonización de una economía nacional.
Beneficios indirectos
Es una historia compleja: también es posible que un país se beneficie del comercio de los combustibles fósiles aunque no los produzca – como es el caso de Suiza, donde el 40% del comercio internacional del carbón tiene lugar, aunque el país cerró sus últimas minas ya en 1945. O pensemos en el caso de Noruega, donde los ingresos del gas y petróleo permiten que la mayoría de los habitantes ya conduzcan un coche eléctrico, y donde la mayor parque eólico flotante del mundo pertenece a Equinor (antiguo Statoil), que lo utiliza para alimentar sus plataformas petrolíferas. Igual que en Texas, donde las bombas de extracción de petróleo utilizan energía eólica…
“Sin transición” abunda en ejemplos de la dependencia mutua entre diferentes fuentes de energía. Explica, por ejemplo, de como combustible la madera casi se ha convertido en una fuente fósil, ya que a partir de los 1950 la mayoría de los bosques se han transformado en plantaciones de árboles de crecimiento rápido como el eucalipto, fertilizados con abonos sintéticos, y talados y desramados por grandes máquinas forestales que consumen bastantes litros de gasóleo por hora. Además, la mecanización de la silvicultura ha requerido carreteras y por tanto otras máquinas alimentadas de gasóleo.
Los rendimientos extraordinarios así obtenidos son temporales, ya que se esquilma el suelo. Según un estudio citado, de las plantaciones de eucalipto en China, tres cuartas partes de las parcelas originales han sido abandonadas tras 20 años de explotación intensiva.

Árboles convertidos en envases
Aparte de como combustible y material de construcción, se han ido añadiendo otros usos de la madera, y ahora la industria papelera es la cuarta mayor consumidora de energía, después de la cementera, la siderúrgica y la química. Ahora la absoluta mayoría de los productos se venden en envasados individuales en lugar de al granel, lo que refleja la preponderancia de las marcas comerciales y la publicidad. En las últimas décadas, gracias a la tecnología digital, el consumo mundial de papel para imprimir ha descendido, pero el de cartón para envases se ha disparado. Ahora los envases absorben la mitad de la producción mundial de papel y cartón, y consumen alrededor del 8 % de la madera talada en el mundo.
Además, la madera sigue siendo una fuente esencial de calor para el tercio más pobre de la población mundial, unos 2,300 millones de personas, lo que junto con los otros usos de este material hace que ahora se talan anualmente tres veces más árboles que hace un siglo.
La simbiosis entre el petróleo y el carbón también se ha reforzado a lo largo del siglo XX. En primer lugar, extraer y transportar petróleo requiere cada vez más acero, y por tanto más carbón. Las perforaciones son cada vez más profundas, las tuberías más largas; y los oleoductos y gasoductos, las refinerías, los superpetroleros, los tanques de almacenamiento…Todo esto requiere ingentes cantidades de acero – que encima se corroe cada vez más rápido por el creciente contenido de azufre del crudo.
Menciona Fressoz la empresa Vallourec como un ejemplo del enlazamiento entre las diferentes fuentes de energía: La empresa es uno de los mayores productores de carbón vegetal y líder en tubos de acero para la industria petrolera: utiliza la madera para fabricar el acero empleado en la extracción del petróleo, que as su vez es esencial para la silvicultura.
La imposible transición sin reducir la economía
Otro ejemplo es la central eléctrica Drax en el Reino Unido: A principios del siglo XXI, con la ayuda de generosos subvenciones y bajo el pretexto del cambio climático, la central se reconvirtió gradualmente del carbón a la biomasa, en forma de pellets que importa principalmente de Estados Unidos y Canadá. ¿Por qué mantiene Ferroz que su afirmación de que produce electricidad libre de carbono es doblemente falso? Porque contribuye a la destrucción de los bosques, y su funcionamiento depende del petróleo que alimenta las máquinas forestales, los camiones, las biotrituradoras y los barcos que cruzan el Atlántico. En 2021, Drax quemó más de 8 millones de toneladas de pellets de madera, una cantidad que supera toda la producción forestal del UK, para satisfacer alrededor del 1,5% de las necesidades energéticas del país.
Tampoco se libran las energías renovables de esta dependencia, ya que los materiales de que están hechas los paneles solares, los aerogeneradores, las baterías y coches eléctricos suelen estar extraídos con máquinas alimentadas de combustibles fósiles. En cuanto al coche eléctrico, según Fressoz ha tenido el efecto de aumentar la cuota del carbón en la movilidad mundial en detrimento del petróleo, ya que la mitad de los vehículos eléctricos del mundo se conducen en China, donde más del 60% de la electricidad se produce a partir del carbón.

Confusión
Con todos estos los datos que muestran que nunca hemos consumido tanto gas, tanto petróleo, y tanta madera como ahora, el historiador francés se pregunta cómo la idea de la transición ha llegado a ser tan generalmente aceptada. Enumera varios factores que han contribuido a la confusión.
Uno muy importante es la tendencia de mostrar la evolución del consumo de energía en valores relativos en lugar de valores absolutos. En el Plan de Energía Nacional de EE.UU. en 1981 se empezó a utilizar gráficos en los que las energías se presentaban en cuotas relativas, proporcionales, para mostrar una dinámica histórica de sustitución –a diferencia de la representación anterior, de curvas apiladas que mostraban la evaluación acumulativa de las energías primarias. Desde entonces esta forma ha sido la tónica dominante, a pesar de que desde el punto de vista de los ecosistemas y del clima, lo importante son los valores absolutos, las toneladas de madera, gas, carbón y petróleo quemadas, y las toneladas de gases de efecto invernadero emitidas a la atmósfera.
Ya en los 70 surgió también la idea del “desacoplamiento” y de la desmaterialización; la idea de que la economía pudiera continuar a crecer, reemplazando cada vez más el consumo de bienes materiales por el consumo de servicios, salud, cultura, ocio… Lamentablemente, esta desmaterialización no se ha producido en el mundo físico, pero sí en nuestras mentes, ya que somos cada vez menos conscientes de la realidad material de nuestras sociedades y economías. Aventura Fressoz que esto ha sido una consecuencia paradójica de la aparición de la ecología política: anteriormente las empresas utilizaban la grandiosidad tecnológica y material como reclamo, mientras ahora los industriales hablan de protección medioambiental y sostenibilidad, al tiempo que corren un tupido velo sobre la existencia de minas y plantaciones.
Hay más conceptos que nos pueden confundir. Como el de la intensidad de carbono, es decir la cantidad de emisiones de CO2 -o su equivalente en otros GEI- emitidas por unidad de actividad. La caída de esta intensidad desde 1980 nos oculta el papel creciente de los combustibles fósiles en la fabricación de casi todo, y desvía nuestra atención del hecho de que en 2023 las emisiones de CO2 eran aproximadamente un 50% más altas que en 1990.

La fe en la tecnología
Para tener una visión clara de la situación actual y de qué tipo de transición necesitaríamos realmente, tampoco ayudan la fe generalizada en la tecnología y las innovaciones, y el error de confundir los dos. Opina el autor de “Sin transición” que cualquier debate serio sobre el cambio climático debería partir de la observación de que las innovaciones tecnológicas no han impedido que se utilizan cada vez una gama más amplia de materias primas, y cada vez en mayores cantidades. De las 70 materias primas básicas, desde 1960 hasta el presente la humanidad solo ha reducido el consumo de seis de ellas: el amianto, el mercurio, el berilio, el telurio, el talio, y la lana de oveja.
“En lugar de malgastar el tiempo soñando con aviones propulsados por hidrógeno, la “tercera revolución industrial” o la fusión nuclear, tenemos que basar la política climática en técnicas disponibles y baratas; viejas o nuevas, da igual. Al mismo tiempo, hemos de cuestionar la pertinencia de su uso y la distribución justa y eficaz de las emisiones de CO2”, afirma.
Modelos en crisis
“Sin transición” no es solo un libro sobre la historia material de la energía, sino también de las ideas en torno a ella, y en el capítulo “Baza tecnológica” relata como la fe en la tecnología ha influído también en organismos de tanto renombre como el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, el IPCC.
Fue creado en 1988, en gran parte en oposición al Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), que dirigido por el biólogo egipcio Mostafa Tolba abogaba por la inmediata reducción de las emisiones. En cambio, el objetivo del IPCC, según EE.UU., debía ser la definición de “objetivos alcanzables y razonables”.
IPCC está organizado en tres grupos de trabajo – I Climatología, II Impactos, III Soluciones. Un memorandum de la Casa Blanca de agosto de 1989 estableció las directrices del trabajo del grupo III (presidido por EE.UU.) así: “El objetivo no es proteger el clima, sino proteger el bienestar económico de los efectos adversos que podrían derivarse del cambio climático.” Sin embargo, IPCC ha ido evolucionando hacia objetivos climáticos más ambiciosos, y cobrando más conciencia sobre el problema del “carbon lock-in”, es decir sobre la inercia del sistema tecnológico, económico, social que dificulta liberarnos de los combustibles fósiles
Con la ayuda de cada vez más – y más complejos – Modelos de Evaluación Integrada se elaboran diferentes “escenarios” – en donde no se contempla la posibilidad de optar por la sobriedad o el decrecimiento: de los 3.000 escenarios examinados en el Informe 2022 del grupo III, ninguno contempla una reducción del crecimiento económico.
Para encajar una economía mundial con crecimiento perpetuo en unos presupuestos de carbono cada vez más alejados de la realidad, todos los escenarios se ven obligados a recurrir a enormes cantidades de “emisiones negativas”, como BECCS (Bioenergía combinada con captura y almacenamiento de CO2). Fressoz nos explica qué significa esto: quemar árboles de crecimiento rápido en centrales eléctricos de biomasa, y luego capturar del CO2 cuando sale de las chimeneas y esconderlo en el suelo. Según el historiador, “esta tendencia del grupo III a tomarse en serio las ideas descabelladas forma parte de su legado histórico. (…) La historia de la “tecnología verde” de captura de carbono es de treinta años marcados por fracasos, sobrecostes y promesas incumplidas.”
Preguntas fundamentales
Aunque su libro ha tenido una acogida muy positiva, a Jean-Baptiste Fressoz también se le ha acusado de enviar un mensaje “desmotivador”. Sin embargo, él defiende la necesidad de utilizar los conceptos con rigor a la hora de afrontar el reto climático. Sostiene que aunque hay que buscar soluciones tecnológicos, sobre todo para los sectores de descarbonización difícil como el transporte marítimo y aéreo, y la producción de materiales claves como el acero, el cemento, los plásticos y los fertilizantes – las preguntas fundamentales son “políticas” más que “tecnológicas”:
– ¿Cuáles deben ser los usos prioritarios de los recursos escasos o limitados?
– ¿Para qué utilizamos la energía? ¿Quién consume qué? ¿Qué nivel de consumo es posible tener, globalmente e individualmente?
Concluye Fressoz su análisis con esta afirmación: “La transición es la ideología del capital en el siglo XXI. Convierte el mal en cura, las industrias contaminantes en industrias ecológicas en ciernes y la innovación en nuestra salvavidas. La transición pone al capital en el lado correcto de la batalla climática. Gracias a la transición, hablamos de trayectorias hasta 2100, de coches eléctricos y aviones de hidrógeno, en lugar de niveles de consumo y distribución de materiales.”






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