UNA RESISTENCIA LÚCIDA CUANDO DEJEMOS DE CENSURAR A CASANDRA

Como explica Juan Carlos Furlan en esta pieza, «la historia humana está llena de estos momentos en que la base material que sostenía una civilización empezó a flaquear y todo lo construido sobre ella se resquebrajó, exactamente como empieza a ocurrirnos hoy con el petróleo.»

Juan Carlos Furlan, 18 feb 2026

Vivimos rodeados de señales que elegimos ignorar, y la más evidente de todas es la que nos llega desde el subsuelo. Un dato debería bastar para estremecernos: según informes de la OPEP, a Estados Unidos le quedan unos 45.000 millones de barriles de petróleo en reservas. Si se hace la cuenta gruesa sobre su propio consumo, el cálculo da que en seis años no les queda nada. Es cierto que el análisis fino requiere dividir por producción y no por consumo, pero aún así el resultado no supera la década. Esto, que debería ser un titular en todos los diarios, pasa como una anécdota, pero es la base de lo que llamamos Peak Oil: no es que el petróleo se vaya a acabar mañana, es que se acaba el petróleo barato, el de alta calidad, el que nos devolvía cien barriles de energía por cada barril invertido. Y lo que ocurre en Estados Unidos no es un caso aislado, es un síntoma global que en Argentina se reproduce con sus propias contradicciones. Mientras el país apuesta todo a Vaca Muerta con la promesa de exportar gas y petróleo, la producción en la Cuenca del Golfo San Jorge, el corazón histórico de la industria, ha caído y empresas como YPF se desprenden de sus últimos yacimientos convencionales para concentrarse únicamente en el shale neuquino. El resultado es paradójico y brutal: Argentina importa más de la mitad del gasoil que consume, y en la actualidad la escasez de este combustible básico afecta a 19 provincias. El modelo extractivista nos muestra su límite más cruel: la abundancia para afuera y la escasez para adentro.

Ahora bien, para dimensionar lo que esto significa, conviene entender que el petróleo no es simplemente un combustible entre otros, sino el auténtico andamiaje energético sobre el que se sostiene toda la complejidad del mundo moderno. Es el fertilizante que permite alimentar a ocho mil millones de personas, el asfalto que conecta las ciudades, el plástico que envuelve cada producto que consumimos, el combustible que mueve los barcos que traen lo que no producimos. Cuando la energía neta disponible comienza a contraerse, lo primero que se resquebraja es la capacidad de mantener esa complejidad: hospitales que funcionan, rutas que se pavimentan, cosechas que se levantan, hogares que se calefaccionan. Y esto no es nuevo. Lo que el Peak Oil anuncia para nosotros ya lo vivieron otras civilizaciones cuando vieron agotarse su propia base material, ya fuera la madera, el suelo fértil o la estabilidad climática. Para entender lo que puede venir, conviene mirar atrás y observar qué ocurrió cuando otras sociedades se vieron frente a frente con el colapso. Porque la historia humana está llena de estos momentos en que la base material que sostenía una civilización empezó a flaquear y todo lo construido sobre ella se resquebrajó, exactamente como empieza a ocurrirnos hoy con el petróleo.

Está el caso de Rapa Nui, esa remota isla del Pacífico cuyos habitantes lograron sobrevivir en uno de los lugares más aislados del planeta durante más de quinientos años, adaptándose a los desafíos ambientales y gestionando sus recursos limitados con una resiliencia asombrosa, hasta que la combinación de expediciones esclavistas, epidemias traídas por los occidentales y explotación colonial terminó por devastarlos. No fueron víctimas de su propia ceguera, sino de un shock externo que golpeó cuando su compleja organización social ya no pudo sostenerlos. Está el caso del Monte Tambora en Indonesia, cuya erupción en abril de 1815 es la más violenta de la que se tiene registro histórico. La cantidad de aerosoles que lanzó a la estratosfera fue tal que provocó el «año sin verano» de 1816, con nevadas en pleno junio en Norteamérica y lluvias torrenciales que arruinaron las cosechas en Europa, desencadenando la peor hambruna del siglo XIX en el continente y migraciones masivas hacia el Medio Oeste estadounidense. Y está el caso de la Peste Negra, que no fue un fenómeno climático pero sí un shock biológico que, al matar entre un treinta y un sesenta por ciento de la población europea entre 1347 y 1351, hizo que los campesinos supervivientes se convirtieran en un bien escaso y pudieran exigir mejores condiciones, dinamitando el feudalismo para siempre. En todos estos casos, el patrón se repite: un shock externo, ya sea un límite ecológico superado, un evento climático extremo o una pandemia, golpea a una sociedad con fracturas internas, y el resultado es siempre una simplificación forzosa, un colapso de la complejidad previa que abre paso, para bien o para mal, a un nuevo orden.

Y aquí viene lo más inquietante y a la vez lo más esperanzador. Porque el título de este texto alude justamente a esa dinámica tan humana de ignorar las advertencias. En la mitología griega, Casandra era una princesa troyana a quien el dios Apolo concedió el don de la profecía, pero cuando ella lo rechazó, él añadió una maldición: seguiría viendo el futuro con absoluta claridad, pero nadie la creería. Así, Casandra predijo la caída de Troya y fue ignorada por todos hasta que fue demasiado tarde. Hoy, los geólogos, climatólogos y expertos en decrecimiento que llevan décadas advirtiendo sobre el Peak Oil y los límites del crecimiento son nuestras Casandras modernas: ven con claridad lo que se avecina, pero sus voces son silenciadas o ridiculizadas hasta que la realidad las termina confirmando. Y sin embargo, a diferencia del mito, nosotros aún tenemos la posibilidad de escuchar y actuar.

Porque sí, hay sociedades que vieron venir el colapso y no pudieron o no supieron evitarlo, como los sumerios, que intentaron parches como cambiar el trigo por cebada cuando la sal arruinaba los suelos, pero no atacaron la raíz del problema y su civilización terminó desvaneciéndose. O los mayas, que en plena sequía y deforestación se enzarzaron en guerras internas por lo que quedaba. Pero también hay ejemplos de que se puede corregir el rumbo a tiempo, y el más hermoso es el de los antiguos islandeses, que hace siglos vieron que el pastoreo excesivo estaba erosionando las montañas y, en lugar de competir hasta el final, se sentaron, acordaron cuántas ovejas podía sostener la tierra y respetaron ese límite de forma colectiva. Ese es el ejemplo que debería iluminarnos: ellos no esperaron a que un rey o un mercado les dijera lo que tenían que hacer, se organizaron en el territorio y resolvieron el problema desde la base, con una mirada a largo plazo y anteponiendo el bien común al interés inmediato.

Esa misma semilla de esperanza es la que encontramos en la historia del volcán Laki, que el geólogo y experto en decrecimiento Antonio Aretxavala narra con maestría en sus charlas. En 1783, una fisura volcánica en Islandia comenzó una erupción de ocho meses que desató una nube de aerosoles de azufre que se extendió por todo el hemisferio norte. Esa neblina causó un enfriamiento global, veranos inexistentes y lluvias ácidas que quemaron los cultivos en toda Europa. Las cosechas se perdieron durante años, el ganado murió envenenado al pastar y los precios del pan se dispararon. Esa hambruna generalizada, ese malestar social profundo, fue uno de los aceleradores que, sumado a la crisis estructural del Antiguo Régimen en Francia, prendió la mecha de la Revolución Francesa. El Laki no la causó, pero fue el detonante que hizo que un sistema ya injusto y tambaleante se partiera por completo. Y sin embargo, de aquel drama inmenso, de aquel hambre y aquella destrucción, surgió una nueva civilización. Del caos y el sufrimiento brotó la posibilidad de repensarlo todo, de enterrar privilegios feudales y construir una sociedad con nuevos valores, más igualitaria en sus principios, aunque imperfecta. Esa es la enseñanza final: del drama es posible renacer con cambios sociales profundos. La pregunta que nos deja el decrecimiento no es si sufriremos, sino si seremos capaces, como los islandeses con sus ovejas, de organizarnos localmente para abastecernos y resolver problemas en el territorio, construyendo desde ahora las bases de una civilización más sustentable antes de que el shock energético nos golpee sin red de protección. Escuchar a las Casandras de nuestro tiempo no es pesimismo, es el primer acto de una resistencia lúcida.

PROCEDENCIA: Página en Facebook del autor.

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