Cómo el bloqueo de Ormuz puede poner en jaque al sistema agroalimentario mundial

El petróleo lo es todo en esta jaula dorada en la que estamos atrapados. No es solo el transporte, que es en lo primero que pensamos, sino todas y cada una de las dimensiones y facetas de nuestra economía global, particularmente el sistema agroalimentario. Como recuerdan los autores, un tercio del comercio mundial de fertilizantes (33,1%) transita por Ormuz. La alternativa al desastre anunciado existe. Se llama agroecología.

Transición agroecológica 5 marzo 2026

La necesidad de la transición agroecológica

Desde el 1 de marzo de 2026, el Estrecho de Ormuz está prácticamente paralizador. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha convertido este paso estratégico en un enorme cuello de botella para la navegación internacional. La situación es de una gravedad sin precedentes: más de 3.200 barcos, incluyendo 700 portacontenedores —el 10% de la flota mundial de este tipo de buques—, permanecen atrapados a ambos lados del estrecho, imposibilitados para transitar. Petroleros, metaneros y cargueros masivos han echado el ancla en puertos de Catar, Irán o Emiratos Árabes, a la espera de que el Joint War Committe —el organismo asegurador que declara las zonas de alto riesgo— permita la navegación.

El impacto en los mercados ha sido inmediato. El precio del gas en Europa ha subido más del 40% en los primeros días de marzo, y se espera que la inflación aumente en los próximos días, especialmente en sectores como el agroalimentario, que depende de fertilizantes y energía importados a través de esta ruta. El barril de Brent ha superado los 83 dólares, una cota que no se veía desde 2024, y la tendencia apunta al alza.

La importancia del estrecho de Ormuz no es solo ese punto por el que transita una parte importante del petróleo que mueve nuestro sistema económico. Es también un cuello de botella de la química agrícola mundial. Los datos son claros: un tercio del comercio mundial de fertilizantes (33,1%) transita por esta vía. Desglosando por productos:

  • Azufre: alrededor del 44% de las exportaciones globales depende de esta ruta. El azufre es esencial para fabricar ácido sulfúrico, que a su vez es necesario para producir fertilizantes fosfatados. Sin azufre, la cadena de los fosfatos se rompe.
  • Urea: aproximadamente el 31% del comercio mundial transita por Ormuz. En los últimos días, su precio ha subido hasta un 20% en algunos mercados, pasando de 485 a 550 dólares por tonelada en Egipto. En Argentina, se estima que el valor teórico de importación podría alcanzar los 683 dólares por tonelada debido a los sobrecostes logísticos y de fletes.
  • Amoniaco: un 18% de las exportaciones globales pasan por el estrecho. Es la base de todos los fertilizantes nitrogenados.
  • Fosfatos procesados (DAP, MAP, TSP): en torno al 15% del comercio mundial depende de esta vía.
  • Gas natural licuado (GNL): cerca del 20% del comercio global atraviesa Ormuz, lo que afecta directamente a la producción de amoniaco en regiones dependientes de este gas.
  • Petróleo y derivados: más del 20% del consumo global de petróleo y productos refinados pasa por este punto, con impacto directo en el transporte y la maquinaria agrícola.

Es una cadena interdependiente global vulnerable y que se está viendo afectada justo ahora, cuando el hemisferio norte se prepara para la siembra de primavera.

A esto se suma un factor europeo de gran importancia: el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono, el MAFC o CBAM por sus siglas en inglés, que desde enero de 2026 está en pleno funcionamiento. Los importadores de fertilizantes nitrogenados tienen que pagar ahora un certificado de carbono equivalente a lo que habrían pagado si el producto se hubiera fabricado en Europa. El resultado es que las importaciones de estos fertilizantes se han desplomado un 80% en el primer mes del año: de 1,18 millones de toneladas a menos de 180.000. Los precios interiores son ya un 25% más altos que en 2024, y las existencias apenas cubren la mitad de lo que se necesita para la campaña de 2026.

Las cifras son contundentes: se estima que el CBAM podría incrementar los costes de producción agrícola en Europa en entre 40 y 100 euros por hectárea, dependiendo del cultivo y el nivel de fertilización. A escala europea, esto podría suponer un impacto económico de entre 600 y 1.500 millones de euros anuales. El MAFC es una herramienta climática necesaria, pero que debe ser combinada con otras medidas que permitan la transición necesaria, para evitar que se convierta en un multiplicador de la vulnerabilidad.

Mientras tanto en Ucrania, el 25 de febrero un ataque con drones alcanzó la planta de fertilizantes de Dorogobuzh, en la región rusa de Smolensk. Siete muertos, diez heridos, una instalación clave para la producción de nitrato de amonio fuera de servicio, lo que introduce aún más tensión, más incertidumbre y más subidas al sistema agroalimentario europeo.

Todo esto ocurre sobre una base estructural que el informe “Del combustible a la mesa”, publicado por IPES-Food en junio de 2025, describió con una claridad aplastante. Las conclusiones son reveladoras:

  • Los sistemas alimentarios consumen al menos el 15% de los combustibles fósiles globales.
  • El 99% de los fertilizantes y pesticidas sintéticos se fabrican a partir de petróleo o gas.
  • La producción de fertilizantes nitrogenados es el mayor consumidor individual de fósiles en la agricultura.
  • Dos tercios de las emisiones de esos fertilizantes no se producen en las fábricas, sino después, cuando se aplican al campo y el exceso no absorbido por las plantas se convierte en óxido nitroso, un gas de efecto invernadero 300 veces más potente que el CO₂ (9, 10).

El sistema alimentario industrial no solo es frágil; es, además, un enorme motor de cambio climático; es responsable de 1/3 de las emisiones globales.

El informe también desmonta algunas de las falsas soluciones que empiezan a circular. Los fertilizantes “verdes” o “azules”, esos que prometen un amoniaco producido con energías renovables o con captura de carbono, requieren cantidades ingentes de agua y de tierra, y no resuelven el problema de fondo: la contaminación por óxido nitroso sigue ahí. La agricultura digital, con sus centros de datos y su inteligencia artificial, está disparando el consumo energético y a menudo se abastece con carbón o gas. No hay atajos tecnológicos que eviten lo que realmente hace falta: un cambio de modelo en el sistema agroalimentario europeo, con una transición planificada adecuadamente, que lo haga posible.

Y luego está el dato que aparece en uno de los artículos que escribí hace casi un año, en mayo de 2025. En Vitoria-Gasteiz, solo el 1,15 % de los alimentos frescos que se consumen se producen en Álava. El 98,85% restante viene de fuera. Cuando el 98,85% de lo que comes depende de cadenas globales situación como una pandemia, un barco que se queda atrapado en el Canal de Suez o esta situación en el estrecho de Ormuz, pone contra las cuerdas al abastecimiento de las ciudades. Ese 1,15% es un indicador de riesgo sistémico. Es la medida de nuestra vulnerabilidad. La situación del resto de ciudades de Europa, seguramente no sea muy diferente a la de la capital vasca.

Si el bloqueo del estrecho se prolonga más de dos semanas, los analistas estiman que los precios de los alimentos en España y Europa podrían subir entre un 3% y un 5%. Pero el efecto más grave no será el precio, sino la disponibilidad. Sin fertilizantes, la cosecha de este año será peor. Y si la cosecha es peor, el año que viene habrá menos producto, y más caro, y más dependencia de importaciones, y más presión sobre los agricultores, que ya tienen los márgenes justos, y más riesgo de que muchas explotaciones pequeñas desaparezcan. Es una espiral.

Frente a todo esto, hay quien sigue buscando soluciones mágicas. Nuevos fertilizantes, nuevas tecnologías, nuevos plásticos biodegradables que en realidad no se biodegradan. Pero el informe de IPES-Food es tajante: no hay solución tecnológica que, por sí sola, resuelva una crisis estructural. Pueden ser herramientas útiles, pero si se aplican sin cambiar el modelo, solo perpetúan la dependencia.

La alternativa existe. Es un cuerpo de conocimiento acumulado durante décadas, con ejemplos documentados en todo el mundo. Se llama agroecología.

Empecemos por lo más básico: se puede reducir drásticamente el uso de fertilizantes sintéticos. Un estudio publicado en Nature Food en 2023 lo demuestra: combinando medidas de eficiencia —mejorar la absorción de nitrógeno por los cultivos, aplicar en LOS momentos óptimos, usar variedades más eficientes— se puede reducir la demanda en casi un 50% para 2050. Si a eso se añade la descarbonización de la producción y el cambio a variedades de menor impacto, la reducción de emisiones puede alcanzar el 84%. Y todo esto, sin comprometer la producción de alimentos.

PROCEDENCIA: Transición Ecológica.

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