
Después del artículo de Costa Morata y María Cano, en este artículo de Viento Sur, Julia Cámara y Raúl Camargo, de Anticapitalistas, tratan también el tema que preocupa a toda la ciudadanía de izquierdas, que ve cómo los partidos institucionales se olvidan en las prácticas de su anticapitalismo, y de necesaria unidad para tener futuro. Sobre esa base los autores se plantean caminar hacia una nueva izquierda ecosocialista y revolucionaria.
Julia Cámara | Raúl Camargo. 03/04/2026
1. ¿De dónde venimos?
Han transcurrido ya casi 8 años desde la llegada al gobierno del PSOE de Pedro Sánchez, primero en solitario y, a partir de 2020, en coalición con Unidas Podemos (Podemos, IU, Comunes) hasta el 2023 y con Sumar (IU, Comunes, Movimiento Sumar) a partir de entonces. Este tiempo, prácticamente dos legislaturas completas, es más que suficiente para poder realizar un balance ajustado de lo que ha supuesto, en términos sociales y políticos, el gobierno progresista. Y, en primer lugar, podemos convenir que ha existido desde el principio una disociación entre la propaganda discursiva y las medidas que este gobierno ha ejecutado realmente. Las promesas del primer ejecutivo en solitario de Sanchez incluían medidas tales como la derogación de la denominada Ley Mordaza, aprobada por el anterior gobierno de derechas de Mariano Rajoy para reprimir de forma severa las protestas en su contra, o la de la Reforma Laboral, que le costó a Rajoy una Huelga General. Ninguno de los aspectos más lesivos de estas dos leyes bandera de las políticas de la derecha han sido corregidos tras 8 años de gobiernos progresistas. Otro caso paradigmático de la inacción del gobierno progresista en temas sensibles para la clase trabajadora han sido las políticas de vivienda. En la legislatura donde gobernaron PSOE y Unidas Podemos se aprobó una Ley de Vivienda que no ha servido para casi nada, pues dejaba en manos de las Comunidades Autónomas, mayoritariamente dirigidas por el PP, la limitación del de los alquileres e, incluso en las regiones gobernadas por el PSOE, esas limitaciones han sido muy escasas. Durante estos 8 años de gobiernos de coalición progresista no ha habido ninguna redistribución real de la riqueza y los bancos y las grandes empresas han obtenido los mayores beneficios de su historia.
Pero no hay que olvidar que el gobierno progresista ha contado en todos estos años con la complicidad de las capas medias ilustradas y de la parte mayoritaria que vota de la clase trabajadora, que han ido apoyando de forma mayoritaria tanto al PSOE como a UP, primero, y a Sumar, después, en las distintas elecciones. Solo los casos de corrupción dentro del PSOE y las divisiones internas dentro del espacio político Sumar-Podemos han ido mermando los apoyos del gobierno de forma significativa en ese sector social. Incluso la defensa de un liberalismo económico y político, con la UE como pilar del sostenimiento de un capitalismo amable con las clases medias, constituye uno de los puntos fuertes del actual gobierno de coalición y forma parte del sentido común dominante del progresismo. Tampoco es extraño que, visto el contexto mundial en el que nos movemos, con un auge generalizado de fuerzas de extrema derecha y con un Trump desbocado en sus ansias expansionistas, haya cierre de filas entre las clases medias progresistas para defender unos gobiernos que sostienen un modo de vida sin sobresaltos para ellas y con un bienestar relativo en relación al proletariado migrante de los países del centro capitalista o a las inmensas bolsas de pobreza en los países del sur. Pero la desafección política crece mucho entre los sectores juveniles, y no solo, porque la izquierda no les proporciona otro horizonte de vida que no sea el de la precariedad perpetua y la ausencia
La pujanza de la ultraderecha de Vox también ha servido como excusa permanente para presentar al gobierno social-liberal como el mal menor frente a la posibilidad de que la extrema derecha entre en el gobierno español. Pero la ola reaccionaria no ha tenido únicamente causas objetivas. Es también la consecuencia de la decepción y el desgaste de las experiencias fallidas de gobiernos de centro-izquierda, que llegaron al poder en medio de grandes expectativas y acabaron saliendo barridos por partidos ultraderechistas. Tenemos ejemplos de esto en América Latina, con los casos de Argentina y Chile como paradigmas, pero que también ha ocurrido, por razones diversas, imposibles de abordar en este artículo, en Bolivia y Ecuador. La decepción con la inexistencia de políticas transformadoras de estos gobiernos (algo que podemos aplicar también en el caso europeo) provoca, primero, resignación, entre los sectores populares que auparon a esos partidos al poder y, posteriormente, hastío y abstencionismo social y político. Contrariamente a lo que señalan algunos análisis impresionistas, por el momento no se produce un paso significativo de las clases trabajadoras al apoyo a opciones de extrema derecha, sino que se trata de corrimientos internos dentro del campo de las derechas (de las más tradicionales a las más ultras) junto con una cierta aceptación acrítica entre sectores juveniles, que comprueban que los gobiernos progresistas no mejoran sus deprimentes expectativas laborales y de acceso a la vivienda. La propaganda y la inflación discursiva de los gobiernos de centro-izquierda es inversamente proporcional a los cambios reales que provocan sus políticas, sometidas sin mucha resistencia a las constricciones del neoliberalismo imperante en el norte y en el sur. Ante este panorama sombrío, las clases trabajadoras no tienen referentes claros ni adscripciones sindicales o comunitarias como en el pasado. La pérdida de la identidad de clase es una de las bases sobre las que se asienta la expansión de la ideología neoliberal y la pérdida de peso generalizado de la izquierda, no entendida esta como una marca electoral, sino como un modo de ordenar la vida de la clase obrera. El consumo de masas y el búscate la vida han sustituido a las reuniones, los actos y los ateneos populares, igual que la asimilación de mensajes sencillos en redes sociales a los libros y el estudio. La reconstrucción de una subjetividad basada en la materialidad de clase, con todas sus opresiones, debería ser uno de los objetivos primordiales de cualquier opción política que siga aspirando a una revolución ecosocialista.
2. La crisis social y política de la izquierda
Desde la autoproclamada sociedad civil suele hablarse de crisis de la izquierda para apelar a la falta de unidad electoral de las distintas agrupaciones progresistas (Sumar, Podemos, Izquierda Unida y las organizaciones específicas de cada territorio) y a la pérdida conjunta de votos. En el discurso más superficial, la idea de crisis queda limitada al campo de lo electoral, como si la mediación entre los partidos políticos y la sociedad fuera única y principalmente la urna y ésta flotara sobre un vacío social compuesto por individualidades dispersas. En una versión más desarrollada de esta idea, la crisis estaría creada o como mínimo alimentada por la desaparición de la vida interna de los partidos, sus carencias democráticas y una lucha de egos que impediría el establecimiento de pactos. La crisis se vuelve así autoexplicativa: un fenómeno que surge de las tripas de los partidos y que tiene una consecuencia electoral, donde sociedad/votantes y organizaciones/representantes políticas mantienen una relación de otredad e incomprensión mutua.
¿Dónde queda aquí el análisis de los cambios y dificultades en el bloque histórico en su conjunto? ¿Hemos aceptado de pronto que la política institucional y su patetismo diplomático son la única dimensión real de eso que llamamos política?
No hay duda de que el ciclo político pasado introdujo nuevas formas en la acción política tradicional de los partidos políticos de izquierda. Pero, al cabo de unos años y tras comprobar que el peso de las nuevas expresiones del cambio se ponía esencialmente en los liderazgos y su control plenipotenciario de las organizaciones que abanderaban, estos nuevos aires no han servido para insuflar fuerzas que permitan resistir a medio plazo, sino para tener efectos gaseosa permanentes en cada nueva operación política, llámese esta Podemos, Ahora Madrid, Comunes, Mas Madrid o Sumar.
La izquierda política actual es una mezcla de organizaciones envejecidas y profesionales a sueldo más jóvenes, que encontraron en las instituciones la tabla de salvación ante un futuro laboral incierto. La izquierda institucional ya no ofrece proyectos para que sectores del activismo social, de los sindicatos o de la juventud se sumen a una idea de transformación social radical. El único horizonte desde 2017 (fecha en la que se produce el giro hacia los gobiernos autonómicos de la dirección de Podemos con la entrada en el ejecutivo de Castilla la Mancha) es el de gobernar en cualquier nivel administrativo como socio menor del PSOE. A diferencia de los años 90, cuando el perfil más combativo de Julio Anguita provocó un acercamiento de corrientes más a la izquierda y de jóvenes hacia lo que entonces representaba IU, los jóvenes huyen de este tipo de organizaciones y nadie las considera ya como herramientas útiles para un tipo de militancia que aspire a superar el capitalismo. Son solo papeletas electorales para completarle la mayoría al mal menor social-liberal frente al auge de la extrema derecha. Desprovistas ya de sentido estratégico y de pensar a largo plazo, estos partidos vagan de un proceso electoral a otro para intentar mantener la mínima cuota que les permita seguir acumulando subvenciones públicas para sostener sus menguantes aparatos organizativos.
En estas condiciones, no es extraño que haya surgido una gran desafección entre entre las y los jóvenes y haya organizaciones políticas eminentemente juveniles en ruptura radical con todo este mundo de la izquierda institucional. Es el caso de GKS en Euskal Herria y CJS en otras partes del Estado, quienes en este caso se han nutrido de una escisión de la UJCE (las juventudes del PCE), de donde se marcharon más del 50 % de sus militantes hacia esta nueva organización. El discurso comunista ortodoxo y una forma de autoconstrucción interna muy identitaria no parecen, por el momento, ser limitantes para el crecimiento entre sectores juveniles que se radicalizan.
Por lo que respecta a las organizaciones de la extrema izquierda, no hay aún un acumulado suficiente como para considerar que pueda haber un salto cualitativo a corto plazo. Pero organizaciones como Anticapitalistas mantienen un núcleo de cuadros estable y han incorporado a una nueva generación militante que puede ser importante en futuras recomposiciones de la izquierda radical.
3. La crisis de los movimientos sociales y los sindicatos
Lo que entre 2010 y 2022 dio como resultado eso que se vino a llamar nueva política fue, en realidad, un articulado mucho más amplio de estructuras, formas relacionales, instituciones populares y marcos de impugnación que atravesó el conjunto de lo político creando imaginarios y expectativas comunes. La experiencia de Podemos primero, y de Sumar y los distintos municipalismos después, no puede disociarse de la trayectoria de los principales movimientos sociales que han marcado la época: el feminismo, el ecologismo y la lucha por la vivienda. Su programa y estructuras han sido parte de y se han visto al mismo tiempo afectadas por la consabida crisis de la izquierda, como vamos a tratar de analizar.
El 23 de septiembre de 2014, Alberto Ruíz Gallardón anunciaba que dejaba la política. La dimisión del entonces ministro de Justicia fue la gran victoria del movimiento feminista del momento y la primera caída de un miembro del Gobierno lograda por ese movimiento multiforme surgido en 2011. La retirada definitiva de la propuesta de contrarreforma de la Ley del Aborto que llevaba su nombre fue, junto con las imágenes cada vez más frecuentes de piquetes masivos impidiendo desahucios y de escraches a políticas de derechas, un símbolo de lo que la lucha social podía lograr.
Forjados en la oposición a los gobiernos de Mariano Rajoy, los principales movimientos sociales tuvieron desde el principio una relación compleja con el auge de Podemos y su entrada en los gobiernos de coalición. El salto de la ilusión de lo social a la de lo político supuso la entrada en masa de cuadros del movimiento a la gestión institucional, especialmente en el terreno de la política local. La tan celebrada cercanía municipal y la trayectoria compartida de activistas con concejales y asesores contribuyeron, junto con la ausencia de una educación política en el recelo parlamentario y los controles democráticos, a generar todo un entramado de lealtades morales que dificultó la clarificación de objetivos y medios. ¿Cuál era el rol de los colectivos sociales y del movimiento de masas? ¿La consabida oposición a los gobiernos, que de pronto eran aparentemente nuestros? ¿La defensa de los mismos? ¿La adaptación de sus demandas a aquello que pudiera adoptar la forma de lo estrictamente posible aquí y ahora en base al acatamiento de la legislación vigente, al no cuestionamiento de una estructura estatal heredada de la dictadura, al apaciguamiento de las grandes fortunas y capitales y al cumplimiento de las exigencias económicas de la Unión Europea?
Las dos principales expresiones del movimiento de masas de los últimos años (la oleada de las huelgas feministas entre 2017 y 2020, y el enorme estallido ecologista juvenil entre 2018 y 2022) crearon, al menos temporalmente, las condiciones de posibilidad para romper con esta tendencia. La irrupción de cientos de miles de personas en el terreno de la participación política directa, junto con un desarrollo programático avanzado, valiente y ampliamente asumido como necesario y posible (que jugaba en muchos sentidos un rol parcial de programa de transición), convirtieron ambos estallidos en fenómenos políticos preciosos, difícilmente reducibles al estrecho marco de la conveniencia institucional. Sin embargo, ni feministas ni ecologistas fueron capaces de construir estructuras democráticas estables que aseguraran la pervivencia del movimiento por sobre los estallidos concretos y permitieran el debate y la discusión colectivas, más allá de los errores o aciertos de las direcciones informales y de las limitadas experiencias locales.
Carente de estructuras en las que cristalizar, sin victorias concretas a pesar del apoyo social y sin mediaciones entre el momento de impugnación y el horizonte trazado, ambos movimientos iniciaron una fase de progresiva descomposición y vaciamiento, acelerada por las imposiciones de la pandemia. La paradoja la seguimos viviendo hoy en día: mientras que feminismo y ecologismo siguen generando un importante consenso social y movilizando a importantes masas en fechas puntuales, el movimiento reposa sobre articulaciones organizacionalmente precarias, fuertemente debilitadas y con una creciente pérdida de orientación y sentido.
De un lado, la movilización ante ataques concretos sigue juntando mucha gente de forma esporádica, pero la solidificación de las estructuras del movimiento va muy por debajo de la capacidad de reacción a un ataque concreto.
En estos tiempos de gobierno de coalición progresista hemos asistido también a otro fenómeno que podemos emparentar con lo que Gramsci consideraba “el Estado ampliado”. Muchas actividades o iniciativas de movimientos sociales son financiadas por Ministerios, empresas públicas o agencias del Gobierno y las subvenciones de estos organismos sirven para inflar las plantillas de determinados movimientos y asociaciones, que apenas pueden autofinanciarse mediante cuotas militantes y sustituyen ese esfuerzo al margen del Estado por una vía de ingresos que tiene ataduras. No somos anarquistas ni estamos defendiendo aquí que los colectivos sociales no puedan financiar ninguna de sus actividades mediante ayudas públicas. Pero que la mayoría del presupuesto de movimientos sociales críticos con el poder (y por lo tanto con el gobierno gestor del capitalismo de turno) dependa del Estado fomenta la burocracia interna y el alejamiento de una agenda de ruptura con el poder establecido, convirtiendo la autorreproducción del movimiento y de sus capas asalariadas en un fin último. Es aquí donde se inserta el fenómeno del movimiento como lobby hacia las instituciones y no como un ente que trabaje para arrancarle conquistas a partir de la movilización y la (auto)organización social.
En cuanto al papel de los sindicatos de clase, su decadencia como organizadores de la conflictividad laboral es un hecho innegable. CC OO y UGT han mutado en agencias de servicios para sus afiliades, si bien conservan una bolsa de afiliades que, en conjunto, llega casi a los 2 millones de personas. Sus delegades sindicales, salvo honrosas excepciones, vegetan en las empresas, donde las huelgas han caído a mínimos históricos y la conflictividad laboral en general brilla por su ausencia. En estos últimos 8 años, los sindicatos mayoritarios han sido meros acompañantes del gobierno en sus decisiones, sin que haya habido ningún cuestionamiento serio (como sí ocurrió en otras épocas de gobiernos del PSOE) de la política laboral del ejecutivo. Queda la duda de si los aparatos burocratizados de los sindicatos mayoritarios tendrán capacidad de reacción tras tantos años de parálisis ante un eventual nuevo gobierno del PP y Vox, que sin ninguna duda perpetrará fuertes ataques contra la propia esencia de estas organizaciones. No obstante, en las naciones del Estado, tenemos otras realidades sindicales que no han seguido el camino de la adaptación total emprendido por CC OO y UGT. La CIG en Galiza, ELA y LAB en Euskal Herria o la CGT en Catalunya son expresiones de un sindicalismo que, aunque con limitaciones, sigue fomentando la lucha para obtener victorias.
4. Perspectivas para una nueva izquierda ecosocialista y revolucionaria
El recorrido por la situación actual de la izquierda social y política del Estado español tiene sentido en tanto que nos pone en mejor situación para realizar hipótesis y propuestas concretas para la reconstrucción de una izquierda de clase, con vínculos orgánicos con sectores de la clase trabajadora capaz de dibujar un horizonte ecosocialista creíble y deseable.
El auge reaccionario convierte en urgencia lo que ya era una necesidad: la existencia de organizaciones políticas de izquierda alternativa al gobernismo, dotadas de una visión de conjunto, que hagan frente a la ultraderecha y que no estén subordinadas al neoliberalismo progresista, como ocurre con toda la izquierda parlamentaria hoy. Construir semejante herramienta política no puede hacerse sin hacer un balance sincero de las experiencias del ciclo 2011-2019, donde la corriente en la que militamos, Anticapitalistas, participó en el lanzamiento y posterior desarrollo de una alianza híbrida antineoliberal como Podemos. Reconocemos que cometimos errores políticos durante esos años, pero también que hacer aquella experiencia era necesario en ese momento. No vamos a entrar aquí en un balance ya realizado, pero sí es pertinente recordar que muchas de las posiciones de estrategia política, de táctica inmediata y de modelo organizativo que defendimos entonces han resistido bien el paso del tiempo. La situación política es nueva y hay que afrontarla con nuevos parámetros, pero, sin ánimo de ser exhaustivos, aquí van unos cuantos puntos recogidos de esa experiencia que deberían ser imprescindibles para una nueva mediación política ecosocialista:
- El peso fundamental de una organización rupturista debe estar en la construcción de una fuerza social organizada que sea capaz de confrontar con la burguesía y los políticos a su servicio en todos los terrenos. Tener una buena comunicación política es necesario, pero no lo más importante. La formación de militantes y la actividad política pública de una nueva mediación antagonista debe estar volcada en la construcción de la movilización y en el refuerzo del movimiento obrero, el feminista, el de vivienda, el ecologista, el LGTBIQ+ y en todos aquellos en los que haya un potencial anticapitalista y de ruptura.
- Debe construirse una relación de no ajenidad con los movimientos sociales y las luchas concretas, basada en un arraigo territorial y en el trabajo respetuoso pero firme en su seno, aspirando a establecer relaciones orgánicas con las instituciones de la clase trabajadora y con sectores específicos de la misma, basadas no en la representación, sino en la implicación política directa y en la autoorganización colectiva.
- El programa y la ideología son elementos imprescindibles para un desarrollo de una nueva herramienta política, pero esta, dentro de unos acuerdos estratégicos básicos que ahora enunciaremos, debería ser plural y pluralista y no limitada a una única identidad. El mínimo común denominador deberían ser líneas rojas en relación a los posibles acuerdos con el social-liberalismo, la defensa de una tradición vinculada al movimiento obrero y la inclusión del resto de tradiciones emancipatorias (feminismos, ecologismo, LGTBIQ+, antirracismo) y una visión antiimperialista y no campista del nuevo mundo.
- La cultura organizativa de un agrupamiento que quiere superar viejos errores debe ser fraternal dentro de la libertad de crítica y permitir la formación de corrientes internas, en un marco de lealtad general. Cuando hablamos de viejos errores nos referimos tanto al culto al líder y la prohibición de la crítica interna, que tanta fortuna hizo en la nueva política, como a la cultura fraccional propia de buena parte de la extrema izquierda, que convierte los partidos revolucionarios en campos de batalla permanentes entre distintas facciones.
- Una nueva organización ecosocialista debería tener unas finanzas que dependieran de sus propios ingresos en su mayoría y, si entraran subvenciones, controlar que no sean su principal soporte financiero. Asimismo, y en el caso de obtener representación en alguna institución, deben existir límites salariales y temporales claros.
Estos puntos son apenas un esbozo de lo que pensamos que debería ser una nueva organización para la mayoría de la clase trabajadora del Estado (donde debería jugar un papel destacado la clase trabajadora migrante). No inventamos la pólvora y se nos podrá acusar de elaborar recetas tan ideales como difíciles de poner en marcha. Pero como decía nuestro añorado Daniel Bensaid “quizá la construcción de una organización revolucionaria es tan necesaria como imposible, como el amor absoluto en Marguerite Duras. Ello nunca ha impedido a nadie enamorarse”.
Julia Cámara y Raúl Camargo son militantes de Anticapitalistas.
PROCEDENCIA: Viento Sur.






Deja una respuesta