
Los autores subrayan el peligro de graves pandemias que penden sobre nuestras cabezas: «Estamos deteriorando los ecosistemas de todo el planeta y alterando a gran velocidad las condiciones biofísicas que durante siglos mantuvieron determinados equilibrios entre especies, patógenos y seres humanos.»

Luis Morales y Fernando Valladares, 2 julio 2026
Hace algunas semanas, un crucero de expedición regresaba del Atlántico Sur con un brote activo de hantavirus a bordo: 11 casos confirmados, tres fallecidos y varios pasajeros españoles en cuarentena. Podría parecer un episodio aislado más, otra noticia inquietante destinada a desaparecer del ciclo mediático en cuestión de días. Pero la realidad es mucho más incómoda: lo excepcional está empezando a convertirse en estructural. Ébola, hantavirus, gripe aviar H5N1, virus del Nilo Occidental, dengue, mpox, virus Nipah. La lista de enfermedades emergentes no deja de crecer mientras amplias regiones del planeta experimentan transformaciones ecológicas sin precedentes.
Selvas fragmentadas, permafrost descongelándose –y con él, microorganismos que llevaban decenas de miles de años atrapados bajo el hielo–, especies desplazadas por el cambio climático, expansión urbana descontrolada, ríos contaminados, presión extractiva sobre territorios cada vez más degradados. Estamos deteriorando los ecosistemas de todo el planeta y alterando a gran velocidad las condiciones biofísicas que durante siglos mantuvieron determinados equilibrios entre especies, patógenos y seres humanos.
Y, aun así, seguimos hablando de cada brote como si fuese una anomalía imprevisible. En absoluto lo es. La comunidad científica lleva décadas advirtiendo de que la destrucción de la biodiversidad y el cambio climático aumentan el riesgo de enfermedades zoonóticas, aquellas que saltan de animales a humanos. El reciente informe Empresas y Biodiversidad 2026 de la IPBES, aprobado por más de 150 gobiernos, lo confirma con contundencia: el modelo de crecimiento económico imperante ha generado una pérdida masiva de naturaleza que hoy constituye un riesgo sistémico para la economía global, la estabilidad financiera y el bienestar humano. Cada bosque arrasado, cada ecosistema fragmentado y cada frontera ecológica invadida amplían las posibilidades de contacto entre microorganismos antes confinados y poblaciones humanas hiperconectadas globalmente. Nunca habíamos alterado tanto el planeta. Nunca habíamos multiplicado tanto las oportunidades para que aparezca el próximo virus.
Lo más inquietante es que, después de la pandemia del COVID-19, decidimos no aprender. Decidimos adoptar una suerte de ignorancia acerca de las consecuencias de nuestro modo de vida, no fuera a ser que tuviéramos que cambiarlo. Durante aquellos meses repetimos hasta la saciedad que la pandemia no era sino un síntoma de que nuestra relación con la naturaleza estaba completamente desenfocada, y que debíamos salir mejores de aquella crisis, reforzando la salud pública, escuchando a la ciencia y repensando nuestra relación con la naturaleza. Pero apenas desapareció la emergencia inmediata, gran parte del debate público volvió a girar hacia otro lado. Hoy, en numerosos países, la inversión sanitaria vuelve a tensionarse, los sistemas públicos continúan debilitándose y el negacionismo –tanto sobre el cambio climático, como sobre la eficacia de las vacunas o los peligros de la IA– campa a sus anchas, convirtiéndose, para colmo, en una herramienta política perfectamente asumida y normalizada. España, sin ir más lejos, lidera el triste ranking de países de la Unión Europea con mayor número de víctimas mortales por episodios climáticos extremos desde 1980.
Mientras los científicos alertan de riesgos sistémicos, parte de la conversación pública sigue atrapada en una batalla absurda contra la evidencia. Se cuestionan los riesgos climáticos, se ridiculizan las políticas ambientales y se presenta cualquier llamada a respetar los límites ecológicos del planeta como una amenaza económica o ideológica. Como si reconocer nuestra dependencia de los ecosistemas fuese una forma de radicalismo y no una simple cuestión de supervivencia.
Tal vez el problema más profundo sea que seguimos pensando en la salud como si fuera algo estrictamente humano, separado del estado de los océanos, de los bosques, de la biodiversidad o de la calidad del aire. El enfoque de Una Sola Salud (One Health), promovido por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), lleva años señalando exactamente lo contrario: la salud humana, la animal y la de los ecosistemas son inseparables. Como si los hospitales pudiesen compensar indefinidamente el deterioro ecológico al que sometemos al planeta. Como si la tecnología bastara para corregir cualquier desequilibrio que podamos provocar. La evidencia de que no es así se acumula –el informe de 2025 de Lancet Countdown revela que 12 de los 20 indicadores clave que miden las amenazas climáticas para la salud han alcanzado niveles sin precedentes–, pero tanto la evidencia como la verdad son solo una parte, y cada vez más irrelevante, del debate.
El caso es que no existe una frontera real entre crisis ambiental y crisis sanitaria. El aire contaminado enferma. Las olas de calor matan. La pérdida de biodiversidad altera cadenas epidemiológicas. El deshielo libera microorganismos atrapados durante siglos –o milenios, como demuestran los recientes hallazgos en el permafrost de Alaska, donde bacterias de 40.000 años de antigüedad han vuelto a activarse–. Las sequías, las migraciones forzadas y el colapso de ecosistemas generan nuevas vulnerabilidades sociales y sanitarias. Todo está conectado entre sí. Y esa es, sin ninguna duda, la lección que seguimos resistiéndonos a asumir.
Las pandemias del siglo XXI no son únicamente accidentes biológicos. Son también el reflejo de un modelo económico y territorial que lleva décadas ignorando los límites físicos del planeta. Son señales de alarma de una biosfera sometida a un nivel de presión creciente. La OMS ha dejado de preguntarse si habrá una próxima pandemia: ahora habla abiertamente de cuándo llegará. Estadísticamente hablando, llegará mucho más rápido de lo habitual.
La pregunta que debemos hacernos no es si aparecerán nuevos virus capaces de poner en jaque a nuestras sociedades. Esta es, tristemente, fácil de contestar. Lo que debemos preguntarnos es cuánto tiempo seguiremos actuando como si nada de esto tuviera relación alguna con la forma en que producimos, consumimos, urbanizamos y ocupamos el territorio.
Porque lo cierto es que seguimos jugando a una especie de ruleta rusa ecológica. ¿Hasta cuándo?
PROCEDENCIA: El Asombrario






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