En nombre de la Tierra y sus criaturas. Por una nueva política ecológica (y 3)

Procedencia.(modificado)

La tercera parte del texto del autor describe como las tesis del capitalismo verde se han convertido en el discurso dominante en estos tiempos de crisis permanente. La escasa atracción del negacionismo, a pesar del ruido de la ultraderecha, ha hecho que se intente construir un nuevo plan salvador con las mismas herramientas que llevaron al «capitalismo realmente existente» a su actual encrucijada. En esa labor, organizaciones que deberían haber defendido los principios anticapitalistas del ecologismo, se han plegado a la defensa del Green New Deal.

Isidro López, 30 nov de 2025

El Green New Deal y la perspectiva de la “gestión planetaria”

Hecha esta importante consideración previa, volvemos al fondo del asunto que aquí nos preocupa: el capital se ha apropiado del discurso ecologista para relanzar una acumulación de capital dañada por cuatro décadas de persistente exceso de capacidad, rentabilidad menguante y una crisis ecológica galopante. Los parámetros de la operación son tan descabellados como el propio capitalismo pospandémico en el que vivimos: el mismo modo de producción que ha destrozado el planeta en menos de doscientos años sería el modelo indicado para resolver esta misma crisis. Para la cobertura teórica de esta operación, la nueva expertocracia verde moviliza los rescoldos ideológicos, más o menos calientes, de dos escuelas económicas de éxito en el siglo xx, el schumpeterianismo y el keynesianismo, que hoy aparecen revueltas y combinadas entre sí en diversas proporciones en el discurso de los defensores del Green New Deal (GND). Mientras el alma schumpeteriana del GND sostiene que sólo la capacidad de innovación y emprendimiento del capitalismo puede producir las tecnologías necesarias para superar la crisis ecológica, el alma keynesiana del Green New Deal sostiene que debe ser el Estado quien relance el proceso desde los parámetros del multiplicador keynesiano. Una corriente de inversión estatal sostenida en las nuevas industrias verdes desatascará las resistencias del tejido productivo a la transformación y generará un ciclo virtuoso de la economía privada en el que crecimiento, productividad y descarbonización se unirán en un único y bello proceso. Este híbrido, un tanto monstruoso, de schumpeterianismo con el Estado en el lugar del «emprendedor», y de keynesianismo pero sin multiplicador de la inversión (1), solo puede existir con una perversa, pero intensa, tonalidad verde. Tras la muerte en cadena del «progreso», el «mercado» y la «socialdemocracia», y con el «crecimiento» como ideal renqueante, las élites capitalistas, con sus enormes conglomerados de instituciones de rango medio y de medios de comunicación a su servicio, necesitan vender algún «propósito» al mundo que no sea la elevación de sus tasas de beneficio o de retorno sobre la inversión. En este sentido, «descarbonizar» sería ahora el propósito de los capitalistas «buenos» a los que hay que premiar con grandes cantidades de inversión pública, dado que sus sectores de producción verde son incapaces de competir en el mercado contra la producción verde China. Una vez se asume el punto de vista que podríamos llamar «del ingeniero jefe», el conflicto entre capital y «trama de la vida» no sería más que un asunto de «mala gestión» al que hay que contraponer la «buena gestión» ecológica que defienden los organismos internacionales y la Unión Europea. Y para producir esta «buena gestión» se presenta ante el mundo una nueva expertocracia verde formada fundamentalmente por ingenieros, arquitectos, urbanistas, economistas, ambientólogos y, no pocos, sociólogos y politólogos reciclados, que aspiran a revalidar los nuevos procesos productivos, con las energías renovables, el vehículo eléctrico y la fiscalidad ambiental como banderas bajo la coartada, cada vez más dañada por la evidencia empírica, de que ese es el camino para revertir y superar la crisis climática. Algo ha fallado en este planteamiento. La delegación en un capitalismo «bueno» para corregir sus propios efectos destructivos ha generado más capitalismo y más efectos destructivos. Poca sorpresa, el capitalismo ha hecho con la crisis climática lo único que sabe hacer: negocio. Y como tal, la rentabilidad de la operación Green New Deal se ha situado allí donde aún existe un capitalismo rentable: en Asia y, más concretamente, en China(2). Es decir, al menos en Europa y Estados Unidos, no va a generar ventajas competitivas, ni va a reanimar el crecimiento, mucho menos la productividad del trabajo, en horas bajas desde hace dos décadas. El «capitalismo verde», en su reciclaje en forma Green New Deal(3), ha demostrado ser perfectamente inútil para corregir el curso de la crisis climática. La dura evidencia señala que el creciente desarrollo y financiación de tecnologías verdes no ha supuesto una mejora suficiente de los niveles de emisiones, mucho menos de los niveles de concentración de CO2 . En el caso concreto de la llamada «transición energética», los niveles de consumo de petróleo no han dejado de crecer desde 2020 y, además, se les ha sumado el crecimiento desorbitado del gran beneficiario de esta transición: el gas natural. Todo esto coexiste con niveles récord de producción de energía mediante renovables, tanto solar como eólica, en Europa, Estados Unidos y Asia. Estos datos ponen encima de la mesa algo que se podía prever fácilmente desde un punto de vista teórico: la utilización creciente de energías renovables es el añadido que permite la reproducción ampliada del capital y no una sustitución de la producción y el consumo de energías fósiles y, per se, no produce transformación alguna en el modo de producción. Es decir, sin transformaciones en la estructura de poder global, poco cambia. Hacer hoy, como en 1973, de la extensión de las renovables una causa política del ecologismo es tan revolucionario o tan reformista, elíjase la categoría política del siglo xx que se prefiera, como estar a favor del desarrollo de la inteligencia artificial o de las criptomonedas. En el mejor de los casos, abanderar la causa de las renovables hoy es estar a favor del cambio tecnológico en general y, en el peor, una pérdida de tiempo que podría ser mejor empleado en la exploración de otras vías políticas para el ecologismo. En este atolladero, el ecologismo político como fuerza autónoma capaz de generar conflicto político ha desaparecido de la escena global, aunque, como decíamos más arriba, siga vivo en algunas luchas locales, bien asentadas territorialmente. Sin embargo, es ahora cuando más necesitamos un ecologismo político anticapitalista que sirva de discurso de escala global para dar cobertura a las experiencias de transformación locales. Para que eso suceda, es necesaria la construcción de una crítica sistemática de lo que han sido los errores del ecologismo hasta hoy; esta construcción ya está de hecho en marcha y es a la que este artículo pretende contribuir. Pero de poco servirá esta crítica sin una práctica política encuadrada en las experiencias políticas locales realmente existentes que sea consciente de su carácter imbricado en procesos de orden global. Sin que surjan movimientos y luchas dispuestos a superarlos de poco sirve señalar los  múltiples cuellos de botella que hoy impiden el avance hacia una nueva ecología política medianamente capaz de declinar lo global en lo local y de cuestionar y enriquecer el discurso global mediante la experiencia local.   

NOTAS

1 El multiplicador es una parte fundamental de la doctrina keynesiana y define cómo un aumento inicial del gasto público genera un efecto expansivo en la economía privada al convertirse en un ingreso para otros que, a su vez, aumentan su capacidad de consumo. En la situación actual y de forma específicamente referida al capitalismo verde, los multiplicadores de la inversión pública son muy bajos en comparación con los de la era de oro fordista que terminó en 1973. Los nuevos centros de la producción capitalista, China y la India tienen multiplicadores mucho más bajos de los que tenían la Europa del Plan Marshall o Estados Unidos en el New Deal.

2 El Informe Draghi, esa poco habitual muestra de honestidad en el reconocimiento de los muchos lastres económicos que arrastra la UE, reconoce claramente el dominio chino de las nuevas industrias verdes y abandona la quimera de un ciclo verde de crecimiento y productividad, que solo dos años antes había sido anunciado con trompetas y fanfarria con base en los fondos Next Generation, quizá una de las apuestas políticas de fondo que más rápido han quedado obsoletas en la historia reciente. Véase Isidro López, «El coche del pueblo, el Informe Draghi y la implosión de Alemania», zonaestrategia.net, 2024. 

3 Antes del Green New Deal, muy parecidos planteamientos, si no los mismos, se publicitaron bajo la etiqueta Empleo Verde siguiendo el nombre de un informe pionero de la oit. Véase ilo, Green Jobs: Towards Decent Work ina Sustainable, Low-Carbon World, 2008; disponible on line.

PROCEDENCIA: Zona de Estrategia.

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