
Esta segunda parte del texto de Isidro López está dedicado al mundo como campo de batalla del ecologismo. A pesar de que, como señala el autor, esta idea forma parte central de la ecología política, ha sido degradada como tantos otros aspectos, por las grandes organizaciones ecologistas, siguiendo la estela de partidos y sindicatos que enfocan toda su tarea en los marcos estatales. Las referencias a la lucha global anticapitalista se convierte así en simple retórica, en lugar de la visión estratégica con la que debe contar toda lucha local.

Isidro López, 30 nov de 2025
El problema de las escalas: bajar a lo global, subir a lo local
Precisamente una de las aportaciones más sólidas del ecologismo de los años setenta, fue señalar una crisis global que opera por encima de las fronteras de los Estados nación, permanentemente rediseñadas en las guerras y los pactos que de ellas se siguen. El naciente ecologismo afirmó rotundamente que los sujetos políticos que harían posible la superación de la crisis ecológica serían, nada menos, el planeta y sus criaturas. Como se ha podido comprobar, señalar la escala necesariamente planetaria de la crisis ecológica, lejos de resolver el problema político, lo ha amplificado, dado que los humanos vivimos en un territorio dividido, fragmentado y determinado por las dinámicas de poder de los Estados nación capitalistas. Y el problema no consiste en que no haya instituciones globales que se muevan en los parámetros de la crisis ecológica. Desde el Banco Mundial a la Ocde pasando por la Unión Europea y todas las agencias de la onu habidas y por haber, han hecho suyos los compromisos de las Cumbres de Kioto y París. Las cop anuales serían la materialización de este modelo.
En realidad, desde el principio este tipo de foros se pensaron como extensiones de las negociaciones comerciales transnacionales, tipo GATT o OMC. No suponen el menor desafío al sistema de Estados-nación capitalistas y, por lo tanto, bajo la apariencia de una concertación de intereses, lo que estas cumbres anuales han creado es un mecanismo de legitimación para la reproducción capitalista bajo una capa de intervención «realista». Sin duda, los informes del IPCC vinculados a estas cumbres han difundido lo mejor de la ciencia del clima y han tenido un enorme impacto a la hora de construir simbólicamente el objeto «cambio climático» como un conglomerado de efectos geofísicos relacionados entre sí a escala global. Pero en la medida en que estos mismos informes han servido para legitimar la transición al capitalismo verde global, han quedado desactivados en su potencia política. La consecuencia es que los informes del IPCC son inmejorables en lo que respecta a la descripción empírica de las consecuencias del «cambio climático», pero poco o nada tienen que decir con respecto a sus causas. El incremento constante de los niveles de gases de efecto invernadero en la atmósfera es una consecuencia de causas sistémicas mucho más profundas que la simple afirmación trivial e inoperante de su origen «humano».
A pesar del rotundo fracaso de todos los dispositivos políticos globales diseñados al efecto de intervenir sobre la crisis ecológica, las COP serían el mejor ejemplo de fracaso, muy especialmente sobre la crisis climática. La crisis ecológica no es menos global de lo que lo era cuando emergió el movimiento ecologista, de hecho, a la manera dialéctica, si la conciencia de la crisis forma parte de la propia crisis, nos encontramos en un momento incomparablemente más global de la crisis que en el largo ‘68 del siglo pasado. Y, sin embargo, en ninguna de las corrientes del ecologismo político encontramos nada cercano a una estrategia de la escala y la ambición necesaria para afrontar la crisis ecológica global, incrementada en sus efectos visibles por el acelerador del cambio climático.
A modo de disclaimer, es importante especificar que las luchas ecologistas locales, las luchas concretas en un territorio concreto, no entran en este ámbito crítico. No porque no tengan importancia, que tienen mucha, sino porque, exitosas o no, no plantean un discurso de conjunto que pueda servir como guía estratégica global (cosa que tampoco es su cometido). Las luchas concretas contra tal o cual afección capitalista a un territorio concreto no son, per se, extrapolables a la construcción de un discurso antagonista global, de hecho en muchos casos son tan específicas como el territorio en el que se desarrollan.
El ejemplo más visible y desarrollado de luchas territoriales vertebradas es Soulèvements de la Terre en Francia. Nacido en 2021 como forma de escalar el conflicto por la construcción del aeropuerto de Nantes sostenido por la ZAD de Notre-Dame-des-Landes, este colectivo recombinante de otras luchas sería un verdadero ejemplo de luchas ecologistas organizadas a partir de una alianza entre movimiento ecologista y agricultura politizada. El problema que dificulta la extensión de este modelo es que no existe una capa de agricultores politizados más allá de Francia. El conflicto de los agricultores no conformes con el control capitalista de la producción, ahora enmarcados en la Confédération Paysanne pero con origen en la particular transición francesa al capitalismo, ha hecho que este proceso de desmantelamiento de la agricultura tradicional haya sido en Francia mucho más problemático que en otros lugares.2
Evidentemente, la existencia de un frente de lucha agrícola abierto facilita el que las distintas oleadas de luchas por el territorio se enganchen a él para escalar el conflicto ecosocial. Allí donde esa historia de luchas agrícolas no existe, tampoco existe un enganche inmediato en el territorio que permita a los movimientos establecer alianzas tácticas y estratégicas de cierta solidez para ir más allá de las resistencias concretas y puntuales.3 En resumen, lejos de menospreciar el poder transformador local de estas experiencias de lucha territorial, lo que hoy no existe, y se necesita, es un hilo conductor que las haga replicables, adaptables y comunicables entre sí.
NOTAS
1 Las cop (Conferencia de las Partes) son las cumbres anuales de la onu que se celebran desde 1995 donde casi todos los países del mundo se reúnen para negociar compromisos para detener el cambio climático. Las más célebres serían la COP3 de Kioto de 1993 en la que se alcanzaron los Acuerdos de Kioto por los que los países «desarrollados» se comprometían a reducir sus emisiones de Co2 y la COP21 de París en 2015, donde se sitúa el objetivo de limitar el calentamiento global a 2° por encima de los niveles preindustriales.
2 Un buen ejemplo de la idiosincrasia francesa sería la trayectoria del líder carismático de la Confédération Paysanne, José Bové: objetor de conciencia, formado en Berkeley, en los años setenta se lanza a la lucha política contra el agribusiness en el Midi francés y en 1987, diez años después, fruto de esas mismas luchas, funda el sindicato agrícola rebelde.
3 Las luchas poco menos que heroicas contra la ganadería intensiva, en concreto, contra las macrogranjas en Castilla La Mancha, promovidas por una capa de propietarios agrícolas neocaciquiles, surgidos directamente del franquismo y refrendados por las subvenciones de la PAC, dan fe de esta diferencia con contextos donde al menos una capa de la población agrícola está poco menos que en permanente estado de movilización desde hace doscientos años, como es el caso de Francia. Plataformas como la Coordinadora Stop Ganadería Industrial en Toledo o Pueblos Vivos en Cuenca han mantenido una lucha constante en pueblos como Polán o Retamoso de la Jara en Toledo y Priego en Cuenca. Esta lucha ha estado en buena medida desatendida por algunas organizaciones ecologistas, que parecen priorizar enviar personas a las COP antes que hacer causa política central de la lucha contra las macrogranjas.
PROCEDENCIA: Zona de Estrategia. Continúa en 3.






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