Comemos petróleo

Fuente: Munsa

Reflexiona el autor sobre que todo nuestro sistema económico y alimentario se asienta sobre una fuente de energía  finita, utilizada de manera irracional y que supone la liberación en un intervalo de 150 años de todo el CO2 que la naturaleza consiguió atrapar durante aproximadamente 60 millones de años.

Juan Carlos Furlan, agricultor y creador digital, 02-02-2026

Nuestros alimentos no vienen del campo. Vienen del subsuelo. Lo que llamamos «comida» es, en términos físicos, la forma más sofisticada de empaquetar combustibles fósiles para consumo humano. Cada bocado contiene una historia oculta de pozos, refinerías, tuberías y motores diesel. Una historia que nadie nos cuenta cuando compramos en el supermercado.

Tomemos una rebanada de pan. El trigo que la compone creció en un suelo fertilizado con amoníaco, hecho a partir de gas natural. Fue sembrado, cosechado y trillado por tractores que bebieron gasoil. Fue rociado con pesticidas derivados del petróleo. Luego viajó cientos de kilómetros en camiones refrigerados que quemaron más gasoil. Se molió en molinos eléctricos que funcionan gracias a centrales térmicas. Se hornearon en hornos a gas. Y llegó a la mesa en bolsas de plástico – otro hijo del petróleo.

Las cifras no mienten. Para producir una caloría de comida en una sociedad industrializada, quemamos entre diez y quince calorías de energía fósil. La agricultura moderna no es un sistema biológico; es un sistema termodinámico. Un motor de combustión interna disfrazado de campo verde. El verdadero «milagro» de la productividad del siglo XX no fue genético ni agronómico. Fue químico y energético: la capacidad de convertir gas y petróleo baratos en toneladas de granos, en filetes que crecen rápido, en frutas disponibles todo el año.

La carne es petróleo concentrado. Un kilo de carne de feedlot es el resultado final de veinte kilos de granos – granos que a su vez son puro gas natural solidificado en forma de fertilizantes. Comerlo es consumir la energía de medio litro de crudo, procesada por el metabolismo de un animal convertido en máquina de transformación proteica. Nuestros cuerpos, literalmente, están hechos de hidrocarburos. Sin ellos, casi la mitad de la proteína que nos compone nunca habría existido.

Este andamiaje invisible sostiene todo. También el modelo agroexportador. Lo que celebramos como «superávit» o «riqueza de las pampas» es, visto termodinámicamente, un intercambio complejo: exportamos energía fósil disfrazada de soja e importamos energía fósil disfrazada de gasoil y fertilizantes. Vendemos petróleo empaquetado en granos y compramos petróleo empaquetado en barriles. La cuenta energética final a menudo es negativa, pero la contamos en dólares y parece positiva.

El sistema es elegantemente perverso: cuanto más eficientes somos en producir comida, más dependientes nos volvemos de los combustibles que la hacen posible. Cada avance tecnológico – siembra directa, riego por pivote, genética de alto rendimiento – ata más fuerte el nudo. Nos volvemos adictos a nuestra propia eficiencia. La productividad es la droga, y los fósiles son la jeringa.

Fuente: El Economista

La fragilidad de este castillo de naipes es absoluta. Tres meses sin gas para los fertilizantes, o sin diesel para las cosechadoras, y los supermercados se vacían. La civilización urbana, con sus millones de bocas que se alimentan diariamente de petróleo procesado, está a noventa días del hambre masiva. Toda nuestra complejidad social descansa sobre un flujo constante y barato de energía fósil convertida en calorías. Cuando ese flujo se encarece o se interrumpe, no es la economía lo que colapsa primero. Es la comida.

La transición alimentaria, entonces, no es cuestión de etiquetas «orgánicas» o dietas de moda . Es una transición energética de escala civilizatoria. Implica rediseñar un sistema que hoy opera como un circuito lineal: pozo → refinería → campo → supermercado → boca. Y convertirlo en algo circular, diverso, menos denso en energía fósil y más denso en inteligencia ecológica.

Porque el problema no es que comamos. El problema es que, sin saberlo, solo comemos una cosa: petróleo disfrazado de otra cosa. Y el petróleo, además de finito, ya no es barato. Su verdadero precio lo estamos pagando en moneda que aún no hemos terminado de entender: clima inestable, suelos exhaustos, agua contaminada, comunidades rurales desplazadas.

La pregunta del siglo XXI no es cómo producir más comida. Es cómo producir comida sin que cada caloría cosechada requiera diez calorías de combustibles fósiles. Cómo alimentar ciudades sin que cada bocado viaje mil kilómetros. Cómo nutrirnos sin envenenar las fuentes de esa misma nutrición.

Mientras no miremos de frente esta verdad biofísica, seguiremos viviendo en la ilusión de que la comida «viene del campo». No viene. Viene del pasado geológico, de bosques prehistóricos comprimidos durante millones de años, que ahora quemamos en un siglo para alimentar un espejismo de abundancia.

Comemos petróleo. Y el menú del futuro dependerá de si encontramos algo más sabroso – y sostenible – que poner en el plato.

Fuente: Perfil del autor en Facebook

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