Del colapsismo: carencias, imprudencias y estímulos

Fuente Pngtree

El colapsismo, o empeño de los colapsólogos, viene desarrollándose, a lomos principalmente del cambio climático y sus primeras y dramáticas consecuencias, desde la última gran crisis del capitalismo, la de origen financiero, de 2007-2008, y desde entonces se añade y acompaña además a las profecías de esos capitalistólogos que gustan de dar por seguro, e incluso a corto plazo, el final del capitalismo, sea por sus acusadas contradicciones, sea por sus líderes incompetentes y codiciosos, sea por sus aventuras canallescas.

Pedro Costa Morata, ingeniero, politólogo y periodista 4-6-2026

El fenómeno va creciendo al paso que la situación internacional vive nuevos y más preocupantes peligros y desastres. Y pretende, generalmente, que sea considerado más como un catastrofismo ilustrado que como un desviacionismo oscurantista. Por mi parte, y reconociendo que este alarmismo ha sido siempre relativamente importante en el ecologismo tradicional, pero que ha ido pasando a voceros de otras extracciones sociales o intelectuales, quiero contribuir a la corrección de esta actitud, tenga el origen que tenga, oponiéndome a ella para advertir en primer lugar, como base argumental, que difundir el miedo a catástrofes imaginadas, o anunciadas benévolamente, suele resultar igual de desmovilizador e inocuo que la difusión de confianza y tranquilidad sobre parecidos asuntos de preocupación objetiva y justificada. Porque mi posición, en la que creo por sobre cualquier otra actitud, es que frente a los evidentes nubarrones y desafíos que se alzan en el camino de la Humanidad y de la vida en el planeta es la lucha fundamentada y organizada, social y pedagógica, lo que debiera contemplarse como la más genuina opción de quienes adquieren -y adquirimos- conciencia de esta situación. Vengo a sostener que la misión de quienes percibimos esos peligros y conocemos los daños que el sistema productivista, competitivo, antiecológico e inhumano ocasiona, consiste, además de en llamar la atención sobre peligros inminentes, en dar ejemplo vigoroso de enfrentamiento a ese sistema envalentonado e insoportable.

No es que haya de negarse que sin energía nada funciona o que la guerra de agresión a Irán por parte de la coalición supremacista y fascista israelí-norteamericana haya supuesto un golpe, según muchos, sin precedentes al sistema energético y económico internacional; no. Ni que se dude de los crecientes peligros de la digitalización invasiva e impune; no. Pero la primera crisis petrolífera, y consecuentemente económica, de 1973-74, como respuesta de los países árabes productores de petróleo al apoyo occidental a Israel y sus guerras de agresión, ya mostró las consecuencias de una crisis política sobre un mundo dependiente del petróleo; y no pasó mucho tiempo para que otra crisis, en 1979-80, confirmara esa vulnerabilidad, esta vez de resultas de la caída del régimen del sah y la decisión de los nuevos líderes de Irán de controlar su propio petróleo. Y tampoco debiera dudarse sobre el carácter de señuelo que presenta la digitalización y por lo tanto el chasco que deben encajar ahora quienes llegaron a creer que la economía mundial podría ser inmaterial (“digital y verde”…).

Formado en las Telecomunicación y sobre todo ejerciendo de profesor universitario de Ciencia, Tecnología y Sociedad he vivido ese espejismo en los dos niveles, el profesional y el académico, desconfiando siempre y sintiéndome obligado finalmente a declararle la guerra a la estúpida y peligrosa sociedad digital. Yo resumo este papel funesto de la digitalización para la humanidad, con estas tres palabras: “Negocio, opresión y mito”. Y quiero recordar que en el origen del movimiento ecologista español, y creo que en el global, reside y subsiste la crítica airada por la creciente agresividad y deshumanización tanto de la ciencia mercenaria como, más todavía, la tecnología aviesa, llegando ahora a extremos que solo podían temerse de la lectura de 1984 de Orwell (sobrepasado, por cierto, con creces hace ya tiempo).

Y con respecto a las turbulencias de la política internacional, generadas por lo más “granado” de la cultura occidental, es decir, Estados Unidos, Israel, la OTAN y la UE, no cabe postura más leal y sensata para los occidentales que renegar de ese Occidente de tradición cultural, política y hasta religiosa, judeocristiana, por exhibir unos valores supuestamente universales y superiores, pretendiendo quitar importancia a su continuada historia de violencias, saqueos y todo tipo de crímenes, incluyendo los genocidios.

Propongo, entonces, una actitud atenta y analítica ante tantos ingenuos, más que ignorantes, que desde la crisis de 1973 están llamando al desastre ecológico o a la decadencia imperial de Estados Unidos (de la que se viene hablando, por otra parte, desde 1968 y la ofensiva vietnamita del Tet) y a la muerte del capitalismo, que son dos acontecimientos solo relativamente vinculados y que enturbian periódicamente las mentes de gentes brillantes e informadas. Como si la decadencia de una potencia hegemónica fuera a introducir una mejora subsecuente en la situación internacional.

Fuente: Mi universo verde

Abusar, o emplear repetidamente la alarma del “Que viene el lobo”, suele convertirse en una trampa, no para el lobo sino para los que propalan el miedo, que suelen acabar asistiendo a resultados contrarios o contraproducentes. Ese alarmismo me resulta algo burdo e irreflexivo porque en la práctica puede esconder una opción por lo sensacional y mediático a costa de la exposición pedagógica, esforzada y ejemplar. Mi intención es llamar a la responsabilidad frente a las modas alarmistas en general, y querría especialmente influir en la reconducción de un ecologismo -es decir, de quienes se reconocen en esta filosofía y también de quienes eluden expresamente el término y su trayectoria, actuando sin embargo dentro del “espíritu” de este movimiento- que hoy más que nunca debiera tomar las riendas, o constituirse en brújula, en una sociedad desconcertada y asustada, proponiendo posiciones activamente sensatas, certeras y, por encima de todo, éticas. Recordemos que el ecologismo español hunde sus raíces en la lucha antifranquista, que pertenece al mundo de la izquierda y que tiene por vocación, no dirigir la sociedad desde las instituciones políticas convencionales ni a partir de los procesos electorales, sino iluminarla, con una clara, aunque relativamente distante, generosidad, en la cada vez más negativa marcha de las cosas.

Por eso, en primer lugar considero excesivo e imprudente el exhibir cifras, datos, cuentas, evaluaciones, porcentajes… para fundamentar hechos negativos que se consideran indiscutibles e inevitables, ya que todo esto supone un escaso conocimiento de la historia y sus dinámicas, es decir, de su filosofía, o sea, de la profunda orientación que los hechos históricos adoptan con independencia de políticas, liderazgos, asaltos, amenazas o reconducciones. Y en todo caso, que quede claro que nunca las batallas ecologistas se han ganado “aportando datos”, sino forzando la mano y generando conflicto.

Los ejemplos de este comportamiento erróneo no faltan. Simplemente recordaré que las 37 plantas nucleares previstas en España en los años de 1970 no se bloquearon o descartaron en su mayor parte porque la radiactividad preocupara y fuera difundida por científicos sin tacha, ni siquiera por los accidentes habidos, cada vez más serios y que conmovieron al mundo; sino por una decisión grupal, vanguardista y sociopolítica decidida, organizada e inteligente, que se tradujo, por la habilidad de aquellos agitadores y las circunstancias del momento, en lucha popular abierta. La experiencia demuestra que, frente a objetivos a rechazar y batir, resulta mucho más eficaz que dar “argumentos de peso”, señalar con el dedo, generar conflicto, exacerbar contradicciones y hacer con ello pedagogía activa, genuina y generativa: y decir que no.

El alarmismo ecologista ha sido una actitud revisada y modificada, y los anuncios “gruesos” pertenecen a una tradición claramente superada por la propia evolución y experiencia del movimiento, que ha madurado sin necesidad de acudir a exageraciones, miedo social o amenazas terroríficas. Y pese al persistente empeoramiento del planeta en lo ecológico, lo social, lo político, etcétera, ese estilo ha ido quedando para novatos, ignorantes o manipuladores. Desde el ecologismo ha surgido el ecopesimismo, descrito en términos científicos como “una teoría crítica de la posmodernidad”, y que en modo coloquial se define como “la percepción de que cuanto se refiere al medio ambiente en sentido global -es decir, el estado de la atmósfera, el agua o los suelos, la evolución de los recursos naturales, la agricultura y la alimentación, la salud en general, tanto física como mental, etcétera- experimentan un empeoramiento persistente y en gran medida irreversible”.

El ecopesimismo nos centra en un mundo indeseado y fatalista, pero asumido y desafiado. No es un pesimismo que aterrorice o pretenda transmitir un temor general, no; sino un estímulo para mejor comprender la realidad, tanto antropológica como económica, política o cultural, y contribuir así a crear seres humanos éticamente irreprochables, que iluminen un mundo en el que medran necios y criminales, y que justifique a la especie humana poniendo de relieve sus cualidades más valiosas (que siempre serán las de carácter social, es decir, solidarias, compasivas…).

No me gusta, ni me convence, que los propagandistas del miedo se expresen ajenos a un ecologismo que, como antídoto integral a la espantosa marcha de las cosas quiso, en sus prístinos orígenes, poner orden en una España declaradamente suicida desde que el franquismo, digamos, eléctrico, quiso convertir el país en una España nuclear. Un episodio éste no tan lejano, en el que creo que las figuras más destacadas de entre los actuales difusores del desastre no intervinieron, y que supuso el inicio de la crítica científico-tecnológica del desarrollo económico, primer elemento de combate del ecologismo histórico.

Pero los problemas de índole ecopolítica en presencia y en auge son tan duros y decisivos que no me valen los inconformistas de cualquier pelaje, y menos si pretenden ignorar que, en definitiva, ante los problemas y ante la historia, son unos enanos, más o menos gritones, a hombros de los gigantes que los antecedieron, de cuyos sudores son inevitablemente deudores y por lo que les corresponde aprender, anotar y expresarse como continuadores, evitando creerse que están inventando algún tipo de lucha o reivindicación nuevas, o que la historia del combate ambiental empieza con ellos.

Me consta que estos héroes aupados por la ola de agobio que nos invade, no solamente se perdieron la ingrata guerra antinuclear, en situación de dictadura y represión de cualquier alteración del dogma del desarrollo económico, sino que tampoco contribuyeron -por edad, principalmente- a la crítica de las infraestructuras, de la industria más perversa (química, petroquímica, metalúrgica, cementera…), del saqueo del litoral, de la invasión electromagnética, de la osadía de la ciencia y la tecnología, de las mentiras de la economía productivista estándar y consiguiente creación de una Economía ecológica, o de, en general, la farsa de las políticas ambientales o los efectos devastadores de un capitalismo fatalmente ensañado con la naturaleza, que en España ha sido exacto continuador desde el franquismo.

Y un mayor conocimiento antropológico del problema ambiental nos llevaría a no lamentar, in fine, la desaparición de la especie humana, aunque solo sea por su denodado empeño en ensuciar su propio nido, a diferencia de las demás especies vivas. En este sentido, critico el antropocentrismo generalizado y hago un llamamiento a que todos redescubramos nuestra animalidad, en la seguridad de que así podremos sentirnos más identificados y solidarios con la Vida entera, no solo la de los mamíferos y del Homo sapiens. Y esto, hagámoslo como ejercicio de humildad, realismo y responsabilidad. De forma semejante a como se dice de los economistas, que “se equivocan (sobre todo en sus previsiones) con mucha convicción y mucho fundamento científico”, estos alarmistas de distinta procedencia, educativa o profesional, incurren en ignorancia social y sociológica, además de antropológica.

Lo que propongo es vivir la catástrofe anunciada como si no lo fuera, como eventualidad siempre posible y siempre manejable (de alguna forma), ya que, por una parte, cualquier situación puede ir a peor y de hecho así sucederá con muy alta probabilidad, y por otra porque siempre existirá la capacidad humana suficiente (y no me refiero ni a la ciencia ni a la técnica) para afrontar la crisis o la degradación persistente, sea cual sea el resultado (y descartando el éxito total o suficiente).

Se trata -y esta es mi opinión y quiere ser mi mensaje- de priorizar la acción, la movilización, la lucha, la agitación, el conflicto y el enfrentamiento descarnado, argumentado e inteligente. Que las alarmas y los pronósticos negros los formulen quienes se consideren llamados a ello, pero que a los ciudadanos corrientes y preocupados, y en primera línea a los ecologistas, se les reconozca la “actitud de choque”. No nos interesemos en demostrar que sabemos predecir crisis, sino que estamos en la sociedad actuando para hacer, en la medida de lo posible, que el destructivismo general fracase o al menos resulte humillado.

Es momento también de evocar el monismo alarmista, a la moda, y las antropologías ecologistas, citando en primer lugar a la energía nuclear y sus miedos, que “salta” años después a la gran alarma del cambio climático. Y hay que reconocer que -como el tiempo demuestra- no somos capaces de equilibrar y redistribuir la ponderación y el uso de esfuerzos, asustados como estamos por el cambio climático como principal temor universal. Y dejamos aparte el transporte voraz en energía y espacio, la agricultura intensiva que envenena aguas y suelos, la degradación ambiental y social de las ciudades, las insidias de la sociedad digital, la “plastificación” de la vida ordinaria…

Porque no es el colapso general o los trompetazos del fin del mundo el asunto al que hay que dar prioridad, sino a la “gestión” de la naturaleza humana secuestrada por el capitalismo insaciable, que destruye cuanto toca y se destruye a sí misma como una (aparente) condición esencial de su discurrir. A esto es a lo que hay que hacer frente, sabiendo lo que tenemos entre manos. Por eso, nuestro tema, nuestro problema, es esencialmente ético. De una ética de la convicción y de la lucha como actitudes, ambas, de resistencia, es decir, de regeneración, reconversión y rehabilitación del género humano.

Y así, por ejemplo, la explosión del transporte automóvil privado y el de carretera (y la humillación del ferrocarril) nos garantiza el desastre: esta fue la segunda gran advertencia ecologista, tras la nuclear. Anotemos, sobre el coche eléctrico y el AVE que tanta expectación y pasiones levantan, que son “soluciones” al transporte que encubren espejismos, ya que no responden a intenciones sinceras anticrisis, sino que van casi exactamente contra toda sensatez y contra cualquier paso positivo en favor de un transporte social y soportable.

(Ahora, en buena parte del país la proliferación de plantas productoras de biogás ha estimulado las alarmas por reunir en sí gran número de las agresiones y provocaciones con que el mundo de la economía nos distingue, y ese es su principal valor: poner tan claramente de relieve las insidias del mundo económico-energético.)

Tengamos en cuenta, por sobre cualquier otra consideración, que el ecologismo es radicalmente incompatible con el liberalismo y el capitalismo, es decir, que es inevitablemente de izquierdas. El ecologismo, digamos prístino, no es integrismo exagerado e inútil, sino profundidad en el análisis y coherencia en el planteamiento y la doctrina.

Miremos, según esto, el pobre panorama general que nos ofrece la izquierda política, convertida, al parecer irremediablemente, al electoralismo y a los marcos y corsés siempre humillantes de las políticas liberales. Porque, con respecto al papel de oposición que le corresponde a la izquierda política en un régimen neoliberal empedernido, vengo diciendo que es el ecologismo el que ha hecho muchas veces de verdadera oposición política frente a políticas antiecológicas y antisociales. Pero al mismo tiempo he de reconocer que este movimiento ecologista ha ido perdiendo fuelle por la debilidad e irresponsabilidad mostrada ante los poderes públicos, dejándose comprar y, en consecuencia, perdiendo inevitablemente su capacidad de crítica.

Todo esto, sosteniendo, con decepción e indignación que mal controlo, que el ecologismo actual se ha ido encaminando por rutas de degradación y de traición a sus principios, tanto históricos como ideológicos. Asistimos, en primer lugar, a la persistente burocratización del ecologismo, no solo el “oficioso”, que es el que vive del dinero público, sino el de los grupos y plataformas ad hoc que no basan su actividad en la lucha reivindicativa y la agitación, sino en la denuncia y el papeleo judicialista, de una gran esterilidad.

Fuente AFP

Por otra parte, se observa una alarmante insuficiencia en formación, sobre todo teórica pero también práctica. Leer a los clásicos aparece como un lujo extraño, no estilándose el profundizar en la ciencia y el conocimiento que subyacen a cada iniciativa de degradación, sea agraria, industrial o de infraestructuras. Los ecologistas actuales, en más de un 90 por 100 no conocen la obra de Illich, Gorz, Dumont, Schumacher, Commoner, Goldsmith, Bookchin, Mumford… optando por la Wikipedia.

Tengo, como se ve, mis quejas sobre el ecologismo actual, principalmente sobre el institucional, el burocrático, el que pretende burlar principios esenciales e insoslayables como el de “lo pequeño es hermoso” o el de la “independencia innegociable”, que en realidad quieren decir, el primero, que lo pequeño es ético o al menos está siempre más cerca de una función y un resplandor ético que lo masivo, complejo e inevitablemente burocrático y neciamente racionalizado; y el segundo alude a que si no hay independencia política y económica, la ética se vuelve escurridiza o imposible.

Y, desde luego, el objetivo general y sistemático debe ser afrontar con hostilidad el crecimiento económico, lo que no se consigue (solo) proclamando teorías sino obstaculizando, pedagógicamente, el crecimiento sobre el terreno, con los grupos y movimientos sociales, con teoría y sobre todo práctica. Una vez más, es la agitación y la lucha lo que educa y frena al crecimiento y sus obsesos. Es el momento de recomendar un decidido no a todo tipo de minerías y economías extractivistas que se justifican en la tecnología en general y la digital en particular, a partir de lo que ha dado en llamarse tierras raras, y de plantearnos el valor y la oportunidad de lo sagrado y de los tabúes: “No todo lo que se puede hacer ha de hacerse”.

Pero incluso el decrecimiento hay que considerarlo “según y cómo”, es decir, separándonos de las ideas y terminología empleadas por el sistema capitalista. Evoquemos el problema del crecimiento de la población mundial, que tanto ha preocupado a los demógrafos occidentales, y las terroríficas predicciones de los Ehrlich con su Bomba demográfica (1968), que no se preocupaba en absoluto en prestar la atención debida al impacto y la nocividad de unos y otros, que es muy diferente. En este sentido, y ayudándonos de ese indicador tan oportuno que es la huella ecológica, las sociedades verdaderamente problemáticas y funestas para el planeta y el género humano son las nuestras, las occidentales, las desarrolladas, las enviciadas por el crecimiento, las que identificamos bienestar con destrucción ambiental y cultural sistemática, las del consumismo ilimitado… En claro: somos nosotros quienes más perturbamos y merecemos restricciones en tantos sentidos y aspectos.

Y como final, resumiré este texto y mi posición en estos 10 puntos:

1) El mundo no se va a acabar (fácilmente) ni los colapsos profetizados van a producir daños masivos y universales en las sociedades y los territorios; sino, es verdad, lentos, insistentes e irreversibles: todos los días se producen retrocesos y pérdidas (“Un lento, pero inexorable despojo…”). Seamos prudentes, perspectivistas y sabios, tratando de heredar el conocimiento profundo, la razón histórica, el impulso ético. Recordemos la hipótesis Gaia, de Lovelace, y su “anuncio” de resistencia a toda prueba (humana) de la Madre Tierra.

2) Distingamos claramente entre los lamentos inanes y aburridos, y el análisis crítico, pesimista pero armado y siempre dispuesto al combate. Ya he aludido al ecopesimismo, es decir, a ese pesimismo optimista que cifra su razón de ser en promover vigorosamente los cambios y las transformaciones. Nuestros alarmistas alarmantes no parecen reparar en las potencialidades del mundo de la política. Es ahí a donde deben dirigirse las quejas, que han de ser sobre todo políticas. El ecologismo, por cierto, o es ecopolítico o no lo será. Eso sí: de esta dinámica del capitalismo se derivarán – como es público y notorio- regímenes y sistemas autoritarios y dictatoriales, que es un fatum o un modus operandi muy querido por el capitalismo “liberal”.

3) Me aburre la cantinela del “fin del capitalismo”, por necia, más que inexacta, ya que el capitalismo, que solo recula por la fuerza, no por unas elecciones en las que gane un partido anticapitalista, se recompone y transfigura una y otra vez, reinventándose y restableciéndose sobre modelos y programas cada vez más crueles y obsesivos, desvergonzados y anti humanos. Produce hartazgo que muchos pensadores y tipos mediáticos de prestigio aludan un día sí y otro también a ese final del capitalismo, como grito de satisfacción, esperanza o consolación. Como si esto pudiera suceder de otro modo que no sea por las bravas (y no necesariamente echando mano de la revolución bolchevique o la cubana, pero por las bravas).

4) Debemos asestar continuos y cada vez más certeros golpes al capitalismo, partiendo de algo que le duele muchísimo, como son las nacionalizaciones y la ampliación del sector público. Un sector público que, en el caso de España, ha sido enajenado por gobiernos conservadores y socialistas, unas veces porque sí y otras porque lo manda la UE. Urge presionar y exigir la recuperación de lo esencial del sector energético, de las telecomunicaciones y de la banca popular (con un Banco Hipotecario estatal, por cierto, de actuación urgente en el asunto de la vivienda, y quiero recordar que ya lo hubo). Guerra, por otra parte, a los fondos buitre, a los chiringuitos del crédito privado y a la especulación financiera en sus innumerables variantes.

5) No dejaré de evocar la necesidad de proceder a ciertos racionamientos, por principio y por sistema, señalando en primer lugar a los combustibles orientados al transporte privado. Y es que, en efecto, la “ideología” del racionamiento se enfrenta sin ambages a las libertades convencionales, tan equívocas, que deben ser recortadas, no por una actitud “iliberal”, lo que no dice nada, sino porque los intereses colectivos obligan a restricciones personales (formando parte de una política sensata y equitativa del transporte).

6) Y critico la manía del sustituciones que, sobre todo en el ámbito energético o del transporte, tientan y desorientan, como si los cambios de formas o de características técnicas fueran indicadores de alguna solución integral, fiable, definitiva. Y así, tantos despistados e incompetentes se han dejado llevar por la erupción de las llamadas Energías Renovables (que recuerdo, con intención, que empezaron a llamarse alternativas, es decir, compatibles solo con una sociedad alternativa), dando paso a una explosión de éxitos del capitalismo renovado, pero igualmente depredador, más apoyado que nunca en las Administraciones públicas; o al coche eléctrico como paradigma, o poco menos, de la lucha contra el cambio climático

7) Tanto desde el ecologismo histórico como desde las luchas actuales, que son esencialmente vecinales, se debe incrementar la crítica científico-tecnológica, detestando ese estúpido dicho de que la incidencia o efectos de la ciencia y la tecnología son “según”, unas veces buenas y otras malas. Hay que estudiar más la sociología y la filosofía tanto de la ciencia como de la tecnología. Y no se olvide la dirección que hay que trazarle a la crítica científico-tecnológica, que es la negación de la idea de progreso, como bofetada al capitalismo y a las filosofías liberales (“No hay progreso en la historia”, decía desafiante el novelista, pero antes ingeniero nuclear, Ernesto Sábato).

8) Las ideas reformistas no merecen serlo ni ser reconocidas como tales. Las ideas legítimas, útiles y luminosas son las radicales, por estimulantes. El reformismo está bien para una realidad que engaña pese a que oprima y ate, pero el objetivo es zarandear y si es posible doblegar, esa realidad. El ecologismo está en el mundo, o ha aparecido en él, como un movimiento creador de radicalismos, genuino e insobornable, tanto en respaldo teórico como en formas de activismo y de acción.

9) Se trata de agudizar y generalizar la lucha y la protesta, de generar conflicto, contradicciones y divisiones entre los partidos políticos, las instituciones y administraciones; de señalar con nombres y apellidos a corruptos, corruptores, incompetentes y malvados; y de que sean ellos quienes nos demanden, no nosotros, como tantas organizaciones ecologistas hacen, equivocándose, al volcarse en el burocratismo judicial (que cada día se parece más a una lotería o a algo peor).

10) No es idealismo irreal, sino realismo demostrable, que “lo posible es un ámbito ilimitado”, por cuyos horizontes más lejanos hay que pujar. Que no nos despisten florituras como que “es el futuro lo que está en cuestión”, o que es “la supervivencia de los humanos lo que peligra”. Porque hemos de tener claro que el futuro no existe y que todo es cosa del día a día y de la fidelidad de ideas. Porque el futuro ni se espera ni se lamenta: ¡se arranca!

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