Desde el otro lado del charco (4). La ilusión de una metrópoli sustentable.  

No sólo Buenos Aires es uno de esos monstruos en los que cada vez se “refugia” más gente de todas las latitudes, sin saber que llegan a otro tipo de cárcel compuesta por muchos otros lugares de encierros, que con el paso del tiempo cada emigrante va descubriendo. La sustentabilidad de las grandes urbes que les, nos, venden es imposible, sin plantearse que el crecimiento infinito es una fantasía, la misma que la de buscar un “retorno” a un pasado que ya no existe.

Silvio Schachter .   28 de noviembre, 2025.

¿Es posible una metrópoli sustentable? No hay una sola respuesta a esa pregunta, pues depende de qué variables se consideren, de la escala de referencia que se tome, del contexto —que no es sólo local, ya que lo afectan fenómenos de dimensión planetaria—, de la dinámica entre los actores que la determinan, de los múltiples intereses que la tensionan y de los recursos disponibles, entre otros factores a considerar.

Por otra parte, el propio término sustentable es polisémico, se utiliza en estudios y propuestas científicas pero también es objeto de manipulación mediática y publicidad. Frente a esta situación diferencial, la noción de desarrollo sustentable es por lo menos ambigua. El ecologista brasilero Roberto P. Guimarães señala que en la literatura técnica disponible hay más de 100 definiciones del término. Pero tomando las variables mayormente consensuadas y su sinergía, podemos afirmar que hasta ahora no existe ninguna gran metrópoli que pueda ser considerada íntegramente sustentable. Por el contrario, las grandes megalópolis se encuentran cada vez más lejos de cumplir con los parámetros básicos.

La ciudad es un ambiente absolutamente artificial, incluso sus espacios verdes son una domesticación de la naturaleza, pues no forman parte de un ecosistema, por tanto toda su actividad implica impactos sobre  cuanto mayor y más compleja es la urbe, mayor es la conmoción. Ya en el siglo XIX, Carlos Marx destacó en El Capital que el rompimiento del ciclo de la tierra en la agricultura capitalista industrializada constituía nada menos que una fractura en la relación metabólica entre los seres humanos y la naturaleza. Se apoyó en los estudios del químico y agrónomo alemán Justus Liebig quien señaló hace dos siglos que el problema se debía al agotamiento del nitrógeno, el fósforo y el potasio, pues estos nutrientes esenciales de la tierra iban a parar a las ciudades cada vez más pobladas, donde contribuyen a la contaminación urbana.

Nueva York. Petr Kratochvil. Fotos libres.

La supresión de la oposición entre la ciudad y el campo en esta sociedad no es ni más ni menos utópica que la abolición de la oposición entre capitalistas y asalariados. La separación física entre el lugar en que se cultiva la producción agrícola y el lugar en que el hombre la consume no puede ser armónica debido a la existencia de las grandes urbes, que son una de las piezas principales que hacen inviable la solución de esta  contradicción.

Todos los datos disponibles permiten afirmar que los modelos alternativos de crecimiento no han sido eficaces para reducir la creciente demanda de los recursos naturales que los sustentan. Tampoco en disminuir la sobreexplotada capacidad de la naturaleza para proveer a la sociedad de los recursos indispensables, lo que afecta el ciclo de nutrientes, la estabilidad climática y la diversidad biológica. Los llamados problemas globales del medio ambiente, el efecto invernadero, la destrucción de la capa de ozono, la desertificación y pérdida de superficie cultivable, las crecientes tasas de extinción de especies de fauna y flora, entre otros, constituyen la trágica cara de la insostenibilidad del paradigma actual, poniendo también en tela de juicio los propios patrones culturales de la humanidad.

Se ha consolidado un paradigma de progreso que sigue pensando de modo lineal el tejido urbano, donde más siempre es mejor : más autos, más metros cuadrados de hormigón, más turismo, más negocios, más consumo como sinónimo de desarrollo.

Tokio. Jannes Glas. Foto libre

La crisis actual no es tan sólo una crisis institucional o individual, no es sólo la mala distribución y consumo de bienes, sino una crisis de civilización, de valores y de destino. Así se pone de relieve, una vez más, por encima de los imperativos de corto plazo, la urgencia de introducir cambios estructurales profundos en los estilos de desarrollo vigentes.       

Frente a este cuadro se cuestiona el darle preeminencia a la búsqueda de sustentabilidad urbana en el sur global, cuando la mitad de la humanidad sobrevive con menos de dos dólares diarios, casi 3 mil millones de habitantes del planeta están todavía al margen de los derechos más elementales, tales como el de comer, dormir abrigado y tener acceso a agua potable.

En América Latina el 30%, lo que equivale a unos 180 millones de personas, viven con ingresos insuficientes para cubrir sus necesidades básicas. El 20% de sus habitantes, 110 millones, viven en 10 regiones metropolitanas. En los 31 grandes aglomerados urbanos de Argentina, más de 9.4 millones de personas son pobres, en el Gran Buenos Aires, la pobreza afecta a alrededor de 5 millones y es la región con mayor incidencia, la CABA tiene una tasa de pobreza del 19,9% de su población, lo que equivale a 613.000 personas. La realidad es que las poblaciones más pobres son las principales víctimas de la insostenibilidad ambiental y el cambio climático, porque carecen de recursos para protegerse de sus efectos, viven en zonas de mayor riesgo y dependen más directamente de los recursos naturales. La figura de todos estamos en el mismo bote, esconde quiénes son los principales contaminadores y quiénes sufren más las consecuencias de fenómenos como desastres naturales, inundaciones, sequías y degradación del suelo. Como sostiene Make Davis, “Los riesgos naturales son ampliados por la pobreza urbana, riesgos nuevos y totalmente artificiales, creados por interacción entre pobreza e industrias contaminantes y una infraestructura en colapso”.Las comunidades pobres a menudo viven en asentamientos precarios en zonas de alto riesgo, por lo que los cambios en el clima y la contaminación del agua, el aire y el suelo los afectan de manera más directa y grave. La maquinaria del falaz desarrollo ilimitado que se realiza a costa de la depredación de la naturaleza tiene como principales víctimas a quienes son socialmente más vulnerables. Hay coincidencia mundial en que el mayor desafío que tiene la humanidad es detener el cambio climático, a pesar de lo cual los principales responsables no toman las medidas consensuadas. Según Worldometer, solo cinco países generan el 61% del CO2 mundial, China 33%, Estados Unidos 13%, India 7%, 5% Rusia 5%, Japón 3%, y son principalmente sus metrópolis las que contribuyen a estos fenómenos. La lista la encabeza Shanghái, que es la ciudad con mayor producción de gases de  efecto invernadero del mundo, emite 200 millones de toneladas por año, Moscú 112 millones, Los Ángeles, 45 millones Nueva York, 39 millones , Tokio, 70,13 millones de toneladas de CO2. Todo el continente africano genera solo el 3,08 % de CO2. Sólo el 1% más rico de la población mundial emite 30 veces más CO2 que el límite fijado en el Acuerdo de París, cada persona de ese 1% más rico debería reducir sus actuales emisiones un 97%. 

La huella urbana, pisoteando la naturaleza

 A partir de los años 70, principalmente biólogos y geógrafos, aplicando el punto de vista ecológico al medio altamente artificial de las ciudades dieron lugar a la ecología urbana, como un intento justificado y necesario de entender y ver de una nueva manera, un sistema altamente complejo e impredecible, de una enorme entropía como son las grandes ciudades.

La ecología urbana es una manera de ver y comprender la ciudad, pero no descarta ni sintetiza todas las otras; la ciudad es arte, historia, pueblos, identidades y economía, y sobre todo un espacio para las relaciones de poder.

Aceptando que la cuestión ambiental y la calidad de vida se extienden más allá de la dimensión ecológica y admitiendo que la mayoría de los análisis abordan una parte de sus dimensiones, una de las herramientas consensuadas para iniciar un diagnóstico sobre la situación urbana, es medir su huella ecológica, un concepto desarrollado originalmente por los biólogos Mathis Wackernagel y William Rees, en la década de 1990, que permite una visión de la demanda de un territorio sobre los recursos ecológicos de la Tierra.

Enorme embotellamiento en la estación de peaje de Zhuozhou en la autopista G4 (Pekín-Hong Kong-Macao) en China. Procedencia.

Su enfoque combina ecología, economía y urbanismo para analizar cómo las ciudades dependen de recursos globales que superan sus límites territoriales y pone críticamente en cuestión el actual modelo de crecimiento económico ilimitado y la falta de sostenibilidad del modelo actual de desarrollo.La huella ecológica mide cuánta superficie biológicamente de tierra y agua, la biocapacidad, se necesita para producir los recursos que una población consume y para absorber sus desechos (principalmente CO₂).Por ejemplo en la huella de carbono qué superficie de bosque es necesaria para absorber las emisiones de CO₂ que no se eliminan por otros medios. Se expresa en hectáreas globales (gha) por persona, por ciudad o país. Cuando la huella ecológica excede la biocapacidad de la Tierra, estamos en déficit ecológico. El promedio mundial de 2,8 de huella ecológica per cápita (gha) supera el resiliente índice de 1,6 (gha) lo que determina el déficit global del planeta. Pero, como todo índice general, no alcanza a explicar los rasgos principales del fenómeno, ya que no todos consumen igual ni generan el mismo impacto ambiental. Las regiones metropolitanas dependen de un vasto sistema de recursos que se generan fuera de su espacio, muchos de ellos no renovables; la demanda de insumos naturales consumidos para su funcionamiento deja una huella profunda, consumen energía a una velocidad que la naturaleza no alcanza a reproducir; la lógica del crecimiento destructivo impuso su predadora racionalidad instrumental. Según el Consejo de la Tierra, para su sostenibilidad ecológica Tokio requeriría una superficie equivalente a tres veces el tamaño de Japón. Factores de la huella ecológica de las grandes ciudades incluyen emisiones de carbono de combustibles, consumo de energía, ocupación de tierras para uso residencial e infraestructura, consumo de agua y producción de residuos, demanda de alimentos, de industria y construcción. 

A medida que las áreas urbanas continúan expandiéndose y aumentando su población, su influencia en el planeta se intensifica. Los cambios en el uso del suelo para el desarrollo urbano a menudo conducen a la pérdida de hábitat natural y a la disminución de la biodiversidad. Los sistemas alimentarios en las zonas urbanas implican cadenas de suministro complejas que dan lugar a largos recorridos de alimentos. A mayores distancias a transitar para el transporte de personas y mercaderías el impacto en el ecosistema se multiplica. Los sistemas de transporte en zonas urbanas dependen predominantemente de combustibles fósiles no renovables y los vehículos emiten gases de efecto invernadero que contribuyen al cambio climático. El efecto ambiental de la construcción incluye: extracción de materias primas como hierro, arena, grava y madera. Consumo de energía en el proceso de construcción y uso residencial, desbroce y sellado del suelo que limita la permeabilidad y resiliencia natural del suelo. Generación de residuos de construcción y demolición. El carbono incorporado en los materiales de construcción (carbono emitido durante su producción, transporte y montaje) es un componente crucial de la huella ecológica. La sociedad del automóvil sintetiza el arquetipo epocal de un estilo de vida; transporte individualista por excelencia, símbolo inequívoco de irracionalidad, ha ido rediseñando la vida urbana y suburbana. El área destinada a circulación y estacionamiento alcanza el 30% del uso del suelo, es el principal generador de monóxido de carbono, polución auditiva, consumidor de energía no renovable e insumos no reciclables, principal causa de muerte violenta, generador de estrés, tensión y estratificación. Nada pone en cuestión su existencia y su aumento permanente; al contrario, los índices de crecimiento económico toman la industria automotriz como referencia positiva.El déficit en espacios verdes se traduce en islas de calor urbanas, mayor exposición a contaminantes y menor resiliencia a eventos climáticos extremos. Eventos catastróficos, como incendios e inundaciones en los cascos urbanos se han multiplicado geométricamente en las últimas décadas. Los índices de vulnerabilidad de las ciudades, producto del cambio climático, señalan una tendencia al agravamiento, a pesar de lo cual las medidas que podrían atenuar el impacto siguen ausentes o son insuficientes. Nada pudo mostrar tanto la vulnerabilidad de las ciudades y sus déficits ambientales como la pandemia del COVID. A pesar de lo cual poco ha cambiado positivamente, cuando todo indica que un nuevo brote es factible.Las pocas ciudades que han encontrado caminos alternativos para reducir la huella ecológica son aquellas que tienen bastante menos de un millón de habitantes. En 1950 había 86 ciudades con más de un millón de habitantes, hoy son 550. Hace 50 años sólo tres ciudades tenían más de 10 millones de habitantes, hoy 44 ciudades superan esa cantidad. Las grandes metrópolis o megalópolis están desbordadas sin control y son incapaces de establecer un equilibrio entre lo que consumen y el impacto que producen. 

Vietnam. Centro urbano importante como Hanói o Ciudad Ho Chi Minh. Procedencia

Reducir la huella ecológica de las ciudades implicaría múltiples estrategias locales y regionales que aborden diferentes aspectos. Desde el diseño de edificios ecológicos y la eficiencia energética, hasta ampliar y mejorar los sistemas de transporte público, la reducción de residuos y su reciclaje, multiplicar espacios verdes y detener la eliminación de bosques y humedales, hasta redistribuir la población en ciudades intermedias, modificar hábitos de consumo, frenar la megaminería y la utilización de agrotóxicos. 

La posibilidad de políticas de planificación urbana y de cambios en patrones de consumo y acciones integradas para reducir la huella ecológica y alcanzar una mayor resiliencia ambiental enfrentan la tenaz y suicida resistencia de las corporaciones y de los gobiernos que las representan. Si bien es creciente la toma de conciencia sobre los problemas socioambientales y la necesidad de un cambio civilizatorio, los proyectos de desarrollo sustentable de las metrópolis ven agotadas sus propuestas frente a una problemática que es más social y política que técnica.

El funcionamiento de una metrópolis como un sistema cerrado autosuficiente, generando su propia energía y reciclando sus propios residuos es irrealizable, entre otras múltiples razones por el modo de producción de un capitalismo flexible y especializado. El paradigma de sustentabilidad urbana no se construye con formulaciones genéricas, el laissez faire o apelaciones a indefinidos actos voluntarios, menos aún con el ejercicio de una fraseología que utiliza publicitariamente y sin resultado alguno, una serie de conceptos asumidos internacionalmente como parámetros básicos para pensar las ciudades: sustentable, verde, inclusiva, diversa, equilibrada, conectada, tecnológica y respetuosa de su patrimonio. Por otra parte, ¿cómo abordar los problemas socioambientales en ámbitos globales cuando la humanidad es testigo de su deshumanización, del horroroso genocidio en Gaza —un territorio con sus ciudades reducidas a escombros por parte de Israel, con el apoyo de quienes tienen una parte importante de la responsabilidad de detener el cambio climático y cuidar la vida en el planeta?

Este artículo continúa en «Desde el otro lado del charco (5) El AMBA una megalópolis bulímica»

PROCEDENCIA: Huella del Sur. Las fotografiás, salvo la inicial, han sido aportadas por RE.

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