Las ovejas pastando entre fotovoltaicas y el nuevo significado del ecologismo

Las palabras ecosistema y biodiversidad están perdiendo su significado original. ¿Pasará lo mismo con la palabra «ecologista»? ¿Qué nos deparan para esta palabra las grandes organizaciones dedicadas al ecologismo?

Julio Fernández Peláez

Lo anunciaba Iberdrola en 2023 en su página oficial: el pastoreo solar «crea un nuevo ecosistema en el que todos ganan: los pastores, Iberdrola y las propias ovejas». [1]

Una frase que resume a la perfección lo que ha venido a llamarse por «ecosistema» en los últimos años: una especie de economía «circular» donde lo inerte se combina con la explotación animal para crear espacios de producción de carne y electricidad de manera sostenible.

Olviden, en consecuencia, el significado último de esa palabreja que, en el fondo, nadie entendía tal y como estaba explicada en Wikipedia, y quédense con la definición aportada por las empresas energéticas, relanzada por divulgadores que dan charlas a servicio de la UNEF, es decir, la Unión Española Fotovoltaica, y que con un tono persuasivo, capaz de convencer a una tropa de evangelistas acérrimos, editan altruistamente vídeos y más vídeos en defensa de los pastores, Iberdrola y sus propias ovejas que supuestamente también cobran la PAC.

No deberíamos escandalizarnos, sin embargo, con esta perversión del lenguaje en lo que se refiere a la naturaleza, pues llevamos décadas escuchando nombrar bosques en vez de jardines, y biodiversidad en lugar de plantaciones agroforestales. En el fondo del asunto, créanme, a pocas personas le importa algo este planeta y a pocas personas le importa algo la crisis climática (de la cual no dan fe, o consideran que puede resolverse poniendo ovejas en un recinto vallado y vigilado desde la centralita de una multinacional con acciones diversificadas tanto en componentes de drones para jugar a ya saben qué, como en latas de conserva —esto último por temor a un colapso sobrevenido—).

Lo que sí debería, al menos, sorprendernos, ya que lo del escándalo subvierte la necesaria normalidad, es comprobar cómo las grandes organizaciones ecologistas siguen defendiendo a capa y espada a los pastores, a Iberdrola (metáfora de otras muchas empresas) y a las propias ovejas. Y no me entiendan mal, de verdad que no tengo nada en contra de ninguno de los tres, de hecho, lo confieso, mi madre fue pastora, mi padre trabajó en Iberdrola y tengo un abrigo de oveja que aunque ya no uso lo guardo como una reliquia. Pero seamos serios, ¿de verdad alguien piensa que este trío matarile nos va a salvar del desastre de una galopante crisis climática que en estos momentos se manifiesta de manera eufórica?

La respuesta es sí: las grandes organizaciones ecologistas, y por supuesto los gobiernos crecentistas, el capitalismo de la transición de los fondos europeos y los chinos, que han encontrado una mina de oro en eso de quemar carbón y producir silicio; y claro está, la opinión pública, porque por lo que parece no hay mucha diferencia entre las ovejas que pastan en cercados industriales y las personas consumidoras de inteligencia producida por energía proveniente de ecosistemas puros como los ya mencionados, pues ambas especies piensan en lo mismo: en comer lo que les echen, ya sea hierba solar o datos metadifusos.

Aunque tal vez yo esté equivocado, corríjanme entonces, certifiquen que, en efecto, la propagación masiva de industrias fotovoltaicas por todo el planeta ha logrado frenar las emisiones de gases invernadero, porque o yo estoy loco, o las estadísticas dicen que seguimos al mismo ritmo que siempre en lo que se refiere a lanzar a la atmósfera todo tipo de bombas de extinción masiva. Porque de lo que no van a convencer es que, desde un punto de vista estrictamente ecológico, una superficie de terreno industrializada y cercada tiene más vida así que en su estado natural, salvo que su estado natural ya estuviera antropizado desde siempre.

Sin una mínima planificación y con absoluto desprecio se siguen masacrando territorios en favor de un desarrollismo energético que solo conduce a un mayor consumo de la energía y de los recursos. No es negacionismo pero tampoco sentido común (ahora que de este lema se ha apropiado VOX), es la tozudez de los resultados aritméticos: todos los sumandos suman salvo que tengan signo negativo.

¿Y qué tiene signo negativo? Muy sencillo: el autoconsumo, el decrecimiento y la biodiversidad.

El autoconsumo va en contra de la producción y transporte de energía a gran escala, o al menos, la reduce. El decrecimiento pone límites al consumo. Y la biodiversidad es capaz de revertir en parte el problema generado por el extractivismo.

Estas son las tres claves que toda organización ecologista debería defender a ultranza. Son principios simples y asumibles, pero si las grandes organizaciones ecologistas no lo hacen es porque, en realidad, también el término «ecologista» se encuentra pervertido, y lo que creíamos que era ecologista ahora es solo una marca para acudir a las COPs.

Tal vez le esté sucediendo a la palabra ecología lo mismo que le pasó a la palabra ecosistema, que esté enfermando por culpa de un virus muy contagioso: la rentabilidad del dinero invertido. No se lo pierdan, es casi seguro que no a mucho tardar nos definirán la ecología como «un mundo en el que todos ganan: los automóviles eléctricos, Iberdrola (como metáfora) y los mismos ecologistas».

No se lo pierdan. En el nuevo circo de salvadores del mundo, lo mismo caben quienes niegan que está lloviendo a mares como quienes quieren parar la lluvia con paraguas rotos.

Por lo pronto, el giro dramático de una de las revistas más emblemáticas del ecologismo en España, la revista Ecologistas, nos conduce de cabeza al relato de los simples y vulgares números. La directora ha sido despedida de manera fulminante por razones objetivas y de restructuración, y el despido lo hace una empresa que maneja 2 millones de euros en sus cuentas corrientes. ¿No será que lo que despiden es el propio significado de la palabra «ecologistas» para que nazca definitivamente otro nuevo?

Termino aquí que tengo prisa por recorrer los campos floridos de fotovoltaicas y ver cómo las ovejas se vuelven solares después de morder los cables de la corriente.

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