
Estados Unidos ha puesto sus cartas sobre la mesa. Ha barrido de un `plumazo cualquier ilusión de existencia del derecho internacional. Como Dios capitalista acaba de enseñar sus tablas de la ley al mundo. Aquí quien fija las normas es la fuerza bruta. ¿Alguien lo dudaba?

Julio Fernández Peláez
Todavía no sabemos quién o quiénes han traicionado al pueblo venezolano desde su propio gobierno y quién o quiénes sacarán mayor beneficio de la venta de recursos petrolíferos y mineros que con tanta ansia desea el fascismo trumpista, pero lo que está claro es que, y a juzgar por las palabras de la administración estadounidense —y en esto no miente—, tío Sam ya ha logrado colocar sus sucias manazas en una de las mayores riquezas del planeta en recursos estratégicos.
La farsa del secuestro de Maduro y su esposa, una acción épica digna de las peores películas de Hollywood, solo encuentra su sentido dentro de otra farsa ya negociada con anterioridad, tal vez desde hace tiempo, y en la que están involucradas, no lo duden, las mismas grandes fortunas que pagaron el Nobel de la Paz para que la paz no dejara de ser lo que viene siendo desde hace décadas: una bacanal de vencedores. Pese a estar siempre localizado, la detención de Maduro ha sido demasiado sencilla como para no pensar en una trama facilitadora anterior.
Hoy, mucha gente se alegrará de que otro sátrapa caiga de su pedestal, pues la propaganda contra la legitimidad del gobierno de Venezuela lleva mucho tiempo preparando el terreno hacia una derrota incondicional del chavismo y sus políticas de igualdad —reales o frustradas—, de tal manera que la respuesta civilizada en esta parte del occidente amoral será asumir la gran «verdad»: la democracia solo existe si gana el capital, y cualquier persona u organización que se oponga a esta ley será fulminada.

El totalitarismo viene triunfando, viene campando a sus anchas, viene desarrollando sus deseos de exterminio durante décadas, y ya es difícil diferenciarlo del capitalismo inteligente sostenido y geolocalizado desde los satélites que todo lo ven, todo lo controlan y todo lo asesinan —cuando procede—.
Lo hemos visto en Irak, Libia, Afaganistan, Siria, Ucrania, Gaza y media África, y lo hemos visto de forma «blanda» en muchos otros países: la población no importa, no importan los derechos, no importan las víctimas, importa el territorio y lo que contiene, ya sea tierra para alimentar colonos, fósiles para seguir alimentando la maquinaria del consumismo sin límites, o minerales para justificar la tenencia del móvil con el que se va a difundir los mensajes de «carencia de legitimidad del adversario».
Europa, o mejor dicho, sus bastardos pusilánimes del nuevo nazismo contemporáneo, aplauden con las orejas el golpe de Estado en Venezuela, mientras desde Venezuela, la vicepresidenta afirma que «haremos lo que sea necesario» (para claudicar de la forma más honrosa posible). Milei ha sacado la motosierra para bailar el tango de la paranoia de la deuda con el FMI, un tango con fuertes raigambres cristianas y que no es otra cosa que un relato de cómo los idiotas no son tan idiotas si los maneja un fondo buitre disfrazado de Mesías. Otros presidentes, en cambio, se han puesto a temblar. Si desde el espacio, el ojo que todo ve, se ha logrado desmontar un país que manifestaba con orgullo su independencia, qué no van a ser capaces los geolocalizadores del capital colonialista.
Putin balbucea, y balbucea Xi Jinping, temerosos de que tal vez, y con la ayuda de un puñado de traidores, el ojo asesino apunte también hacia ellos. O, quién sabe, tal vez este sea solo el comienzo de una guerra a gran escala pero selectiva, quirúrgica, programada con IA y en la que los unos se empiecen a matar a los otros. Hablo de los fascistas.
Esta será nuestra única esperanza. Mientras tanto, caminen bajo tierra, si pueden.






Deja una respuesta