Monfarracinos o el moderno Prometeo

Interior de un centro de datos

Julio Fernández Peláez, Ecologistas Zamora

Leo con asombro que el CO2 se puede convertir en grafito mediante un proceso químico e inmediatamente me siento aliviado. Por fin una solución rápida a la crisis climática. Mi grado de ecoansiedad desciende por primera vez en años hasta valores normales y mi sensación de felicidad natural parece despertar de su letargo hasta florecer cual campo de amapolas a las puertas del verano.

Y es entonces cuando mi curiosidad, que es algo así como un duende con barbas desconfiado que habita en la soledad del hipocampo, me empuja a terminar el artículo, y con desazón descubro que el proceso de electrólisis con sales fundidas para convertir el CO2 en grafito precisa de una temperatura de 500 grados.

Es decir, que, probablemente, se necesitaría emitir más CO2 a la atmósfera para lograr esa temperatura que aquel que mágicamente desaparece después del proceso.

La noticia, como muchas otras en ese flipante mundo de Internet donde ya es difícil distinguir un hecho real de una alucinación, estaba revestida de un falso y descarado optimismo, contraproducente para quienes todavía sentimos curiosidad pero muy útil para esa masa crítica formada por la mayoría de la gente que viaja por la Red quedándose solo con los titulares. Es importante que no decaiga el pensamiento generalizado de que todo tiene una solución a medio plazo gracias a la capacidad tecnológica del ser humano.

Esta confianza ciega en el futuro, vista con frialdad, no es más que una arrogancia sistémica pensada para evitar males mayores: de ser conscientes de la verdad trágica del momento o de la falta de soluciones reales, aumentaría de tal forma el desasosiego que podría caer en depresión la propia economía. El optimismo tecnológico opera así como un anestésico indispensable para los mercados.

En consecuencia, si analizamos la noticia en función de sus efectos nos encontramos con una forma particular de negacionismo: aquel que abre puertas a la esperanza sin revelar que, en verdad, la puerta no es más que un decorado, una simple abertura pintada en una pared, llámese esa pared navegador, tv o canal de mensajería instantánea.

Se trata, además, de un negacionismo que se legitima bajo el paraguas de la investigación y el desarrollo, pero que para mantenerse vivo es cada vez más fantasioso, teniendo en cuenta que, cada vez, son más evidentes los problemas asociados a una crisis planetaria que ya no solo es medioambiental, también es moral y epistemológica: es el propio conocimiento lo que con mayor riesgo se sitúa al borde de la completa oscuridad.

La tecnología, asociada a una especie de pensamiento mágico, no puede producir otra cosa que monstruos. El contemporáneo monstruo de Frankenstein, y que no es otro que la IA, también escapa a los límites imaginados por su creador, y es por esto que la novela de Mary Shelley puede leerse como alegoría autocumplida si consideramos el entorno como maquinaria de deseos que se materializan sin atender a las previsibles consecuencias.

Lo más terrorífico es precisamente esto: que sabíamos que podía ocurrir pero deseábamos que ocurriese. Y es que la fascinación que ejerce la IA también está relacionada con su poder metafísico y, en consecuencia, con la tendencia del ser humano a buscar respuestas absolutas a problemas existenciales. Es nuestra propia conciencia como seres autodomesticados lo que nos ha empujado a crear conciencias antropomórficas pero artificiales.

El contemporáneo monstruo de Frankenstein ya es indestructible y nos va a ser imposible detener su crecimiento, no solo porque su ausencia de límites es más que evidente sino porque hay demasiados intereses especulativos puestos en este tipo de desarrollo.

Exterior de un centro de datos refrigerado con fósiles

Pero regresemos a la paradoja del CO2 que se convierte en grafito emitiendo en el proceso más CO2 del eliminado. Si bien los beneficios alquímicos de la IA son evidentes: nadie duda que analizar un texto de 1.000 páginas en apenas unos segundos es un ahorro de tiempo y un ejemplo de capacidad cognitiva, lo cierto es que los recursos empleados y, sobre todo, los recursos que dejamos de emplear, podrían convertir el proceso en contraproducente en no pocos aspectos.

Al margen de las consecuencias sobre el propio cerebro de las generaciones que van a crecer bajo la influencia de esta tecnología, y que se manifestarán de manera poco predecible en la forma en la que podamos o sepamos adaptarnos al desplazamiento del conocimiento hacia la máquina, lo cierto es que el mismo desarrollo de la IA implica, necesariamente, un indeseable consumo de energía que aplazará sin remedio cualquier lucha contra el cambio climático.

Estamos en continua evolución como especie adaptándonos de forma acelerada al medio, pero el medio no es ya el medio natural sino el artificial del universo de los datos. Y en esta adaptación da la impresión de que el gran perdedor no es otro que el mundo real en el que vivimos.

En Zamora, muy cerca de la capital, se pretende construir un centro de datos que emitirá 300.000 toneladas de gases contaminantes al año, poniendo en riesgo la salud de los habitantes de la ciudad y sus alrededores. Es evidente, además, que el proyecto va en contra de cualquier pretensión de alcanzar la neutralidad de carbono, imprescindible para que las temperaturas en verano no acaben por incendiar el asfalto.

Sin embargo, la atracción maravillosa que ejerce la incipiente tecnología que promete salvarnos de cualquier peligro, niega este contundente dato de las emisiones y nos obliga a sacrificarnos, no solo en lo que se refiere al territorio, también en lo que se refiere al aire que respiramos.

El centro de datos de Monfarracinos precisa de una autonomía con respecto a la red eléctrica que le obliga a ser autónomo. Para enfriar sus enormes computadoras se necesitan descomunales ventiladores movidos por la electricidad que generan casi una treintena de centrales que usan como fuente de energía el gas natural y el gasoil. Sus chimeneas se alzarán hacia lo alto tratando de robar el fuego a un cielo cada vez más incandescente.

imagen creada por la empresa para el centro de datos de Monfarracinos
Imagen creada por la empresa para el proyecto de Monfarracinos

Más información sobre el Centro de Datos de Monfarracinos: https://www.ecologistaszamora.org/ez/alegaciones/alegaciones-contra-el-data-center-de-monfarracinos/

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