Ormuz: la prepotencia  imperialista asesina, también envenena el planeta

Procedencia: Política Exterior.

EDITORIAL

La reciente escalada bélica en Oriente Medio, materializada en el ataque coordinado contra Irán y el asesinato de su jefe de Estado,  es un crimen de lesa humanidad y una puñalada directa al corazón de la precaria estabilidad global.

Mientras Estados Unidos e Israel celebran en los despachos oficiales lo que denominan un «éxito quirúrgico», el mundo contiene la respiración ante una amenaza que trasciende fronteras y banderas: el cierre del Estrecho de Ormuz.

Este angosto paso de agua, de apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más estrecho, es la arteria por donde fluye aproximadamente el 20% del consumo mundial de petróleo. Pero para quienes luchamos por revertir esta tendencia hacia un mundo caótico y destructor de la vida en todos los órdenes, no es solo un dato macroeconómico; es la antesala de un desastre ambiental de proporciones bíblicas. La retórica belicista que emana de Washington y Tel Aviv ignora deliberadamente que poner a Irán entre la espada y la pared podría activar la única carta de disuasión real que le queda a Teherán: el estrangulamiento del golfo Pérsico.

Si Irán cumple con sus amenazas y bloquea Ormuz, no habrá drones ni misil Tomahawk que pueda contener lo que vendrá después. El peligro inmediato es energético para China, Japón, India y el resto de Asia, regiones que dependen de este canal para mantener sus fábricas encendidas y sus hogares calientes. Pero el peligro a medio plazo es ecológico y planetario.

Un cierre militar del Estrecho no sería una «pausa administrativa» en el comercio. Sería un campo de batalla naval en una de las rutas marítimas con mayor biodiversidad marina del planeta. Cualquier ataque a un petrolero, cualquier mina mal colocada, cualquier misil errado, provocaría un derrame de crudo que convertiría el golfo en una zona muerta durante décadas. Los corales, los manglares y las especies endémicas, ya diezmados por la contaminación crónica, recibirían el golpe de gracia. La pesca, sustento de millones de personas en la región, colapsaría.

En el colmo de la  hipocresía,  las marionetas de EEUU, como Francia, Alemania e Inglaterra acaban de firmar un comunicado que dice: «Condenamos los ataques iraníes contra países de la región en los términos más contundentes. Irán debe abstenerse de ataques militares indiscriminados. Instamos a la dirigencia iraní a buscar una solución negociada”, cuando  se proclaman  defensores de la paz, armándose hasta los dientes, y siendo más agresivos que la ultraderecha norteamericana en el mantenimiento de la guerra en Ucrania. 

Al asesinar a un jefe de Estado y bombardear instalaciones defensivas, EE. UU. e Israel no solo dinamitan  la frágil paz regional; encienden la mecha de un polvorín ecológico y sus aliados, al igual que hicieron con Palestina, siembran el caos justo en el epicentro de la dependencia mundial de los combustibles fósiles.

Mientras los gobiernos de Europa y América se apresuran a mostrar su apoyo incondicional a Israel, deberían recordar que un conflicto abierto en Ormuz no es un problema «asiático». Es un problema global. El petróleo derramado no entiende de fronteras, y el caos energético desatado retrasará cualquier agenda verde, empujando a quemar más carbón y más gas sucio y a recurrir nuevamente a la energía nuclear, postergando el cierre de plantas para suplir la falta de crudo.

Desde esta trinchera ecologista, alzamos la voz  para denunciar a los responsables de una política exterior basada en el asesinato y la coacción. Mientras el mundo mira la danza de los misiles, nosotros vemos la sentencia de muerte de  las víctimas humanas y de toda vida en nuestros océanos. 

El cierre de Ormuz no sería solo una crisis de suministro; sería la certificación de que somos incapaces de defender la vida en un planeta donde las necesidades de sus habitantes son dejados de lado por un capitalismo en decadencia, cuyo último hegemón termina recurriendo a la guerra para morir matando antes que renunciar a sus privilegios.

El Estrecho de Ormuz es el termómetro de la supervivencia mundial. Y hoy, la fiebre bélica  nos está matando a todos. Debemos organizarnos, tal como lo hacemos en torno a Gaza, para detener esta espiral imperialista luchando contra el aumento de los presupuestos militares, exigiendo la disolución de la OTAN,  promoviendo el boicot de todo tipo contra productos norteamericanos e israelíes, y convocando a manifestarnos expresando nuestro rechazo a la deriva del rearme en las calles de todas las ciudades europeas. Hay que volver a apelar a la vieja consigna: OTAN NO, BASES FUERA.

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