
Los autores lo dejan bien claro: El debate público y científico sobre esta cuestión no puede seguir estando aplazado. El silencio de las administraciones «públicas» solo genera desconfianza.


Juan Antonio Gómez Liébana Y Gonzalo Fernández Valladares García
Coordinadora En Defensa Del Territorio / Presidente de la Asociación Es la vida
En el Estado español se generan más de nueve millones de toneladas de residuos ganaderos en alrededor de 4.000 explotaciones ganaderas intensivas. Cuando vamos por la carretera y vemos esas naves industriales alargadas, lejanas o silenciosas, que intentan confundirse con el paisaje y pasar inadvertidas, siempre nos queda la duda del tipo de animal que esconden dentro. Pero independientemente de que sean cerdos, aves u otros animales, convenientemente masificados y atiborrados de antibióticos y otros fármacos, las macrogranjas esconden otro problema: estudios científicos recientes están demostrando que son mucho más nocivas para las poblaciones de las zonas cercanas de lo que podíamos suponer.
Aunque inicialmente pueden parecer inocuas, los impactos sobre la salud están comenzando a ser conocidos. Aparte de la ya indiscutible contaminación hídrica, que ha convertido comarcas enteras en «vertederos» de purines, con la consiguiente filtración de nitratos en acuíferos, manantiales y pozos, dejando zonas enteras sin agua potable, y sin olvidar el impacto ambiental que suponen los olores, hay más «efectos colaterales». Un estudio reciente investigó las tasas de incidencia (nuevos casos) de cáncer en los últimos 20 años, en condados de los estados de Texas, Iowa y California, encontrando tasas de cáncer, de entre el 4% y el 8% más altas entre la población cercana a las macrogranjas en comparación con las zonas con menor densidad de ellas. Respecto a los condados que habían sido utilizados como control, los cánceres de vejiga, colorrectal y pulmón eran los más frecuentes en las zonas con alta densidad de macrogranjas. Según los investigadores, existen «múltiples vías» por las que las explotaciones ganaderas intensivas podrían provocar un aumento de las tasas de incidencia de cáncer, pero serían sobre todo los contaminantes atmosféricos producidos en ellas, como el amoníaco, el sulfuro de hidrógeno, las partículas en suspensión y los compuestos orgánicos volátiles, —que pueden dar lugar a la formación de contaminantes secundarios en la atmósfera—, los principales responsables. Desde hace años se sabe que «la exposición a estas sustancias está relacionada con la inflamación, el estrés oxidativo y la inmunosupresión, factores que pueden contribuir al desarrollo del cáncer». Por otra parte, es perfectamente conocido que las grandes cantidades de estiércol producidas por las macrogranjas, son las principales fuentes de contaminación por nitratos en el agua, lo que se ha relacionado con otros tipos de cánceres, como son los de colon, vejiga y tiroides En Reino Unido, otra investigación detectó focos de contaminación por amoníaco en las zonas con mayor concentración de granjas industriales de cerdos y aves de corral, y vinculó las emisiones de amoníaco y su combinación con otros contaminantes y con la formación de partículas (PM2.5), que acaban provocando enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares, asma y afecciones pulmonares crónicas. En Carolina el Norte, uno de los estados de EE UU con mayor concentración de macrogranjas, se estudió la mortalidad producida entre 2000-2017 entre las poblaciones que vivían 15 km alrededor de estas explotaciones, encontrando que presentaban un riesgo significativamente mayor de mortalidad cardiovascular que el resto de la población, así como un riesgo significativamente mayor de anemia y mortalidad por enfermedad renal que aquella población que no estaba expuesta. Otra investigación realizada en Pensilvania, Carolina del Norte y Virginia, con datos de entre 2000-2020, encontró que la existencia de macrogranjas se asociaba con un mayor riesgo de mortalidad por causas específicas, especialmente por diabetes mellitus o enfermedad cerebrovascular, en todos los estados estudiados. Las personas que vivían en códigos postales situados a ?10 km de una macrogranja eran más propensas a morir por enfermedad cerebrovascular en comparación con las personas de los códigos postales sin exposición a granjas industriales de ganado. Otra investigación, alerta de que la proximidad a estas macrogranjas supone amenazas para la salud debido a la exposición a diferentes microorganismos como Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SARM), el SARM multirresistente, la campilobacteriosis, la tuberculosis y la criptosporidiosis. La conversión de comarcas de la España
Vacilada en zonas de sacrificio, dedicadas a la producción industrial de carne, para la exportación a mercados asiáticos fundamentalmente, nos debería hacer reflexionar. Iowa, Illinois y Minnesota son los tres estados de EE UU que dominan el mercado de macrogranjas de cerdos. Iowa tiene la segunda tasa de cáncer más alta de EE UU y es uno de los tres únicos estados en los que los casos de cáncer están aumentando, según los Institutos Nacionales de Salud. Recientemente se ha publicado otro estudio que reveló que los nitratos procedentes de los residuos de estiércol y fertilizantes de las explotaciones ganaderas intensivas eran, en parte, los responsables del aumento de dichas tasas de cáncer. Ante las evidencias que van construyendo estas investigaciones, el principio de precaución debería de prevalecer sobre los intereses económicos de un puñado de empresas. Es aquí donde, ante la proliferación de macrogranjas que estamos soportando, las autoridades sanitarias de la Comunidad autónoma deberían priorizar la defensa de la salud pública de la población que podría verse afectada, reconocer los riesgos asociados y garantizar la participación de estas poblaciones en la decisión sobre su posible instalación. El silencio de las administraciones «públicas» solo genera desconfianza. El debate público y científico sobre esta cuestión no puede seguir estando aplazado.
PROCEDENCIA: Diario de León






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