
El siguiente artículo es la continuación del anterior “ al otro lado del charco” y ahonda en las causas y consecuencias por optar por este modelo de agricultura y el uso masivo del famoso herbicida

André Thomas et Marion Gondec Publicado el 21/11/2017
Cuando uno evoca el glifosato en Argentina, siempre hay una reacción: una moza que empieza a hablar sin parar de trabajadores (dockers) muertos, encontrados en un puerto donde se carga soja. Otro colega, un mozo de Buenos Aires que desea que se acabe todo esto lo más rápido posible. Un grupo de estudiantes en un bar atacando a la agroquímica en general, y a Monsanto en particular. Si el glifosato se hizo famoso hace poco en Francia, en Argentina, todos parecen tener una opinión clara. Y nunca positiva.
El paisaje horizontal de la Pampa melancólica ahora está repleto de silos de grano y plantas de semillas transgénicas. ¿Cómo hemos llegado a esto? Por culpa de la soja transgénica y de los “Roundup Ready” (RR) (resistentes al RoundUp, el herbicida emblemático de Monsanto, con base de glifosato). Ya en la década de los 70´, la «revolución verde» de los cultivos de cereales había empezado a molestar a la agricultura extensiva tradicional. Pero la llegada de la soja transgénica en 1996 fue una oleada. La soja, así como lo son en menor medida, el maíz, el algodón o el trigo, son suministrados por el grupo estadounidense Monsanto. Quien, modificando su ADN, ha logrado hacerlos resistentes a su herbicida universal: el glifosato. Que también fue inventado por Monsanto. Esta pareja OGM-glifosato, parece ser, desde lejos, un milagro agronómico. El glifosato no mata el cultivo porque este ha sido genéticamente modificado para resistirlo. Por otro lado, penetra a través de las hojas de las malezas y las mata sin hacer daño al suelo ya que la bacteria se degrada rápidamente. Esto es al menos lo que se prometió en el lanzamiento. Técnicamente, el sistema de glifosato y OMG es simple. Sembramos en «directo» (siembra directa), sin arar. Es más económico e incluso sería beneficioso para la biología del suelo si el exceso de química no estropeara todo.
Dekalb, una de las filiales de Monsanto que produce maíz transgénico, muy presente en la Pampa. El uso masivo de la pareja OGM-glifosato en países como Argentina, Brasil o Estados Unidos, difiere de lo que ocurre en Francia o en la mayoría de los estados europeos en donde el cultivo de OGMs no está permitido (pero sí la importación). Mientras Francia usa 10.500 toneladas de glifosato por año (de las cuales alrededor de 5.600 son para la agricultura) Argentina dispersa más de 300.000 toneladas. El equivalente a un superpetrolero. Esto en una superficie dedicada a la soja de 20 millones de hectáreas, equivalente a un tercio de la Francia metropolitana (y equivalente a casi toda la superficie agrícola hexagonal). Ocupaba solo 5 millones de hectáreas en 1990.

Cultivar soja resulta bastante simple. De hecho, la mitad de los terratenientes contratan equipos y agrónomos con maquinaria. Los Grobo, uno de los productores más importantes del país, explotan alrededor de un millón de hectáreas sin ser dueños de esas tierras. Además, la soja ha sido más que rentable y un instrumento político de primer nivel para Los Kirchner, ya que permitió constituir una “caja chica” en la época de Néstor y financiar medidas populares. La cotización de la soja, se mantiene o crece en el tiempo. Si bien aumentó mucho (como todo hasta 2008) poco después colapsó para luego recuperarse rápidamente y en 30 años ha ido aumentando tendencialmente. Impulsada por la demanda mundial de carne y soja para alimentar el ganado; la rentabilidad de los campos argentinos elevó el precio de la tierra y aceleró su concentración. 80% de la superficie agrícola del país pertenece a unos 30% de los grandes propietarios. Esto se debe al incremento de la saturación del mercado interno de la carne, las restricciones a las exportaciones de carne (2006), el aumento de las importaciones desde Brasil, Paraguay y Uruguay y a una devastadora sequía en 2009. Así fue como se transformó el paisaje melancólico de la Pampa. Para plantar más soja, se arrancaron árboles de eucalipto… La ganadería fue disminuyendo, relegada cada vez más lejos, junto a sus elegantes jinetes; los gauchos reseros. Hoy este territorio horizontal interminable se compone de silos de grano, plantas de semillas transgénicas, plantas procesadoras de soja, ganadería intensiva de aves y cerdos… Las vacas Aberdeen Angus y Hereford se encuentran en feed-lots, en corrales o cobertizos fangosos, al lado de montañas de maíz triturado.
La soja, “alimento rey” de la ganadería mundial. Un feedlot, para ganado alimentado con maíz y soja transgénica. La producción intensiva rompe con la agricultura extensiva tradicional de las inmensas praderas de la Pampa. La agricultura de este país de 43 millones de habitantes produce lo suficiente para alimentar a 450 millones. Es el décimo exportador mundial de productos agrícolas y agroalimentarios (Francia con sus vinos, licores y queso es el sexto) La agricultura en Argentina representa al 20% de su PIB y 63% de sus exportaciones. El sector agroalimentario, como buen alumno de comercio exterior argentino, muestra un saldo comercial positivo de 29 mil millones de euros (diferencia entre importaciones débiles y exportaciones fuertes) Es casi cinco veces más que Francia en el mismo sector. La soja, en tortas, harinas y aceites, representa más de 4 mil millones de euros. Todo esto convierte a Argentina (detrás de Estados Unidos y Brasil) en el tercer exportador mundial de esta leguminosa, usada por todos los criadores del mundo (cerdos, aves, vacas, etc.) ya que la soja está incluida en la mayoría de los suplementos alimenticios. Sobre todo en China, cuyo apetito por la carne y por ende, por las materias primas para el ganado, parece insaciable. China es el mayor cliente de Argentina.

Macri, amigo de los productores
La llegada del presidente liberal Mauricio Macri al poder en 2015 ha sido apoyada por los grandes terratenientes. Todavía no han obtenido el levantamiento del impuesto a las exportaciones de soja y sus derivados pero sí, una rebaja (30% en vez de 35% como lo era bajo el gobierno de C. Kirchner) Pero muchos declaran que confían en el nuevo gobierno y en la desaparición progresiva de todos los frenos a las exportaciones. El tema es muy importante ya que el proteccionismo de Donald Trump obliga a los argentinos a encontrar nuevas oportunidades comerciales en la Unión Europea o en Rusia. No solo para la soja, sino también para la gama completa de productos argentinos: maíz, trigo, centeno, cebada, girasol, algodón, sorgo, leche, cerdo, pollo, vino, fruta, verduras. Por no hablar de la carne de la Pampa, orgullo nacional, que pasó de ser la segunda más exportada en 2005 a la décima hoy. Sin embargo, los agricultores empiezan a cuestionar el modelo. La siembra directa representa todavía el 92% de la superficie de tierra utilizada para los seis principales cultivos del país. Pero hace tres años por primera vez desde 1998, esta proporción disminuyó ligeramente. Protestas, quejas y litigios ganan terreno. Y el modelo parece encontrar sus límites. La rentabilidad disminuye, las inundaciones se vuelven crónicas y hay muchas malezas que el glifosato ya no logra matar porque se volvieron resistentes.
“No queda ni una parcela sana para los legumbres”
Jesús Omar Martínez de 51 años, con sus 400 metros cuadrados de terreno, no es un terrateniente. Hablamos de un país, Argentina, donde un campo promedio es de 560 hectáreas, es decir; diez veces más grande que en Francia. Pero para vivir, no basta. Aparte de su pequeña producción, Jesús trabaja en construcción. Él conoce bien todas las marcas y los principios activos de los herbicidas, insecticidas, fungicidas y fertilizantes esenciales para la soja, que durante veinte años remodelaron la Pampa húmeda. En la tierra de los súper-campos, Jesús Omar Martínez, 51 años, cultiva 400 metros cuadrados de vegetales sin ningún químico. Y lamenta que en la Pampa, casi no se encuentran más parcelas sanas. “En unos pocos años, el precio de la tierra se ha disparado”, explica Jesús. Las cooperativas de pequeños agricultores no podían mantenerse al día. La tierra se ha concentrado. Los grandes propietarios han vendido el sueño de las producciones masivas. Pero con el exceso de pesticidas y fertilizantes hemos matado la vida del suelo. Para hacer vegetales ya no queda ni una parcela sana… ¡Excepto en la ciudad!”.
Román Bouvier cría cerdos y representa a una generación joven que quiso volver a la ganadería tradicional, extensiva y al aire libre. Para criar a sus 500 cerdos produce los alimentos en sus tierras. La carne es “de alta calidad, pero el rendimiento es bajo”. Para obtener un kilo de carne debe aportar 5 kilos de alimentos; en cambio son unos 3 kilos en la ganadería convencional. Agradece al Gobierno por otorgar préstamos con tasa 0 para desarrollar su ganado pero el mercado “alimentado por las importaciones que se han desarrollado desde Brasil, Paraguay y Uruguay no valora mucho el cerdo al aire libre como el nuestro”. Sin embargo, no piensa en cambiar de modo de producción, es leal a la elección que hizo su abuelo de 88 años – rechazar la soja- veinte años atrás, en la misma zona.
Roman Bouvier cría cerdos al aire libre, y rechaza, al igual que su abuelo, la cría intensiva. Pero su carne aún no está completamente valorada. Luis Maria San Román se acuerda con un toque de emoción de la época en la cual criaba vacas en el campo y producía leche. Los campesinos andaban a caballo. Hoy Luis San Román forma parte de la “Sociedad Rural” de Rosario, una de las 280 sociedades rurales o entidades gremiales de productores. “Debemos reconocer que lo que hizo Monsanto en su momento, fue muy bueno al proporcionar un sistema de cultivo – con siembra directa- que ha hecho posible “eliminar muchos labores y reducir el consumo de combustible relacionado con el arado para aumentar la productividad». Por otro lado, su juicio es duro contra los gobiernos Kirchner «que obligaron al productor a hacer monocultivo de soja y cerrar las exportaciones de trigo y maíz”. Él admite también que lo que Tomás Layus está practicando abre un camino «interesante». Maria Soledad Aramendi, dueña de tierras en la provincia de Santa Fe, uno de los núcleos más productivos del país, denuncia también al gobierno anterior. Ella conoció el antiguo sistema mixto ganadería/cultivos. Pero la caída del precio de la carne, y el cierre de las exportaciones de trigo la empujaron, como otros, hacia la soja. Y hacia una pérdida de autonomía dice, porque no pudo “invertir en la maquinaria necesaria”. Hoy le gustaría mucho “volver al trigo y a la ganadería”, pero los préstamos bancarios “siguen siendo difíciles de conseguir” y con las “inundaciones es casi imposible”. María Soledad Aramendi denuncia al gobierno anterior, que empujó a los productores a la soja a orientarse hacia un cultivo que causa, entre otros daños, inundaciones de las tierras y de los pueblos. La conversión completa de un campo grande es lo que logró hacer Tomás Layus (de origen francés) hace unos años. Él tiene dos campos, uno de 700 hectáreas y otro de 550. Nosotros visitamos a La Marcela, en Urunga, cerca de Rosario, provincia de Santa Fe. Su producción no tiene nada que ver con el monocultivo de soja, al contrario. Con el agrónomo y veterinario Gonzalo Colomar, que le aconseja, conocieron la época en la cual “había mucha ganadería en esta parte de la Pampa Húmeda (hoy es solo un 3% y 80% es de cultivos de soja)”.

El gaucho resero cuida a su ganado a caballo, en campos de cientos de hectáreas. El trabajo tradicional se ve amenazado por la soja, pero algunos criadores lo rehabilitan hoy. En el campo de Tomás, La Marcela, los cercados eléctricos y los tanques funcionan con energía solar, mientras que el agua es bombeada por turbinas eólicas. El campo retomó el antiguo sistema “mixto” que mezcla ganadería y cultivos. Hay pocas huellas humanas en el paisaje: un cobertizo para el equipo, una casa para los que trabajan acá, una casa de campo para el dueño cuando llega. Los animales se quedan afuera, al aire libre durante todo el año y se pueden ver en todas partes. Entre ellos, un jinete se mueve lentamente en el horizonte…“Aquí el suelo es siempre verde. Hacemos una rotación entre los cultivos – 70% de la superficie durante el verano- y las manadas- 100% durante el invierno. Los animales se alimentan y fertilizan los suelos al mismo tiempo, explican Tomás Layus y Gonzalo Colomar. “No cultivamos ningún OGM, no usamos herbicidas. El único aporte es un poco de fósforo, nada más. Cultivamos – todo en siembra directa- según los años y las temporadas: alfalfa, cebadilla, avena, sorgo, lotera, soja e incluso maíz”, para el ganado de pastoreo directo…“También tenemos pastos silvestres, cinco veces más presentes que en tierras de monocultivo», dicen Tomás y Gonzalo, quienes en La Marcela quieren “reconstruir la biodiversidad». La belleza de estos prados contrasta con las tristes extensiones de campos de soja recién cosechados que ahora están inundados porque no pueden absorber la lluvia. Tomás se felicita de sus elecciones agrícolas, porque dan un resultado financiero también. La manada se compone de 500 Aberdeen Angus. Las madres son fertilizadas por un servicio natural mediante la cría de toros cuando llegan a los 15 meses. Los terneros son destetados a los 7 meses. Pasan 9 meses en el césped y 90 días en el grano, antes de ser sacrificados cuando alcanzan 346 k, por un precio de venta de 2 dólares por kilo. El Aberdeen Angus y Hereford tienen la ventaja de proporcionar carne madura, mientras que el animal solo alcanza la mitad del peso de un Charolais frances. En Buenos Aires (San Telmo),, carniceros tradicionales trabajan la carne criada en la Pampa, una de las mejores carnes del mundo. “Si, es rentable. Más que la soja”. Tomás Layus cree que este sistema abre un camino; “es un segmento chico pero que se va a ir agrandando, porque hay mucho más conciencia por parte del consumidor que quiere saber qué es lo que está comiendo. Esa es la razón por la cual creemos que va a aumentar el consumo de estas especialidades que son productos más sanos”. .
Eduardo Cerda y la agroecología
Eduardo Cerda, ingeniero agrónomo, trabaja con cinco municipios, productores y profesionales que quieren dejar el modelo intensivo por una experiencia agroecológica. “Los establecimientos que trabajan con nosotros, que hoy es un número significativo (más de 50 productores, más de 20.000 hectáreas) mantuvieron o mejoraron el rendimiento. En algunos casos hasta se duplicó”, explica Cerda. Eduardo Cerda también enseña en La Universidad de la Plata, es experto en la FAO (ONU) y miembro fundador de Renama, la Red Nacional de Municipios y Comunidades que fomentan la Agroecología. El ingeniero agrónomo Eduardo Cerda, pionero de la agroecología en Argentina, ahora supervisa 20.000 hectáreas libres de pesticidas. «La desgracia llegó en la década de los 90, cuando quisimos separar el amor por la tierra y la búsqueda de las ganancias. El mensaje entonces era: cosechas en las tierras buenas, ganado en las malas. Perdimos la complementariedad del ganado con los cultivos. La soja transgénica ha llevado al uso excesivo de herbicidas y fertilizantes. Las malezas y los insectos se han convertido en cosas que hay que matar. Los agrónomos y los profesores de agricultura se han enfocado en la química y el conocimiento de la biodiversidad se fue perdiendo. Los suelos se han vuelto artificiales. Un suelo tratado con glifosato se compacta, toma un 20% más de densidad y se vuelve menos permeable al agua. El suelo está demasiado seco en verano pero no absorbe agua cuando llueve. Las plantas resistentes al glifosato se han multiplicado. Había una sola especie al principio, luego dos, luego cuatro y hoy existen treinta. Esto plantea un problema real para las culturas.
«500 visitantes profesionales por año» La dosis de herbicida se ha incrementado. De 2 litros de glifosato por hectárea en la década de los 90, pasamos de 10 a 12 litros hoy, con un producto más concentrado. Para el algodón, esto equivale a 40 litros por hectárea. Las cantidades de herbicidas usados en Argentina se han cuadruplicado en 20 años.Esto también aumenta el costo de producción, que hoy es de 300 a 400 dólares por hectárea para el trigo y la soja y de 500 a 600 para el maíz, contra 100 dólares en 1990. Tanto que hoy, para alguien que desea comprar tierras, esta cosecha ya no es rentable. «“La artificialización de los suelos” es el otro problema. “Por un lado, la soja toma muchos nutrientes y deja poco residuo húmico. Por otro lado, el glifosato secuestra nutrientes y al igual que los fertilizantes, mata las bacterias y los hongos que hacen la vida del suelo. Estas son cosas que los productores no sabían cuando empezamos a cultivar soja transgénica en el país. Pero es indiscutible. En La Aurora, una finca de 650 hectáreas en la que he estado trabajando desde 1990, el suelo incluye 4.000 kg de lombrices por hectárea. En el suelo de nuestros vecinos, que hacen soja son 200 kg de lombrices por hectárea. «. La lombriz suelta el suelo, produciendo un compost valioso que a su vez promueve la vida bacteriana.La Aurora, cuando se convirtió a la agroecología (no usan ningún tipo de químico) no le interesaba a nadie. Pero hoy “recibimos hasta 500 visitantes profesionales por año”. Los grupos de productores le han encomendado gradualmente el manejo de dominios que hoy suman 20,000 hectáreas. Cada vez que se va a trabajar en una tierra dañada, se requieren de 3 a 4 años de cultivos, bajo cobertura vegetal permanente, antes de poder reintroducir, sin aporte de productos químicos, ganado y granos. El resultado es al final: «menos insumos, rendimientos que se conservan o aumentan y un precio de carne favorable». Un campo convertido a agroecología se vuelve “más rentable – hasta el doble- que sí producía soja. «Hoy, Eduardo Cerda y sus colegas en agroecología «no enfrentan la demanda». Veinte años después del inicio de un modelo intensivo que muestra hoy sus límites, podría ser, para la Pampa y Argentina, el inicio de una nueva primavera.
NB : Contactados varias veces, ni los representantes de Monsanto en Argentina ni los representantes de la CIAFA – Cámara de la Industria Argentina de Fertilizantes y Agroquímicos- han querido responder a las preguntas de Ouest-France
André Thomas et Marion Gondec Publicado el 21/11/2017






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