
En un momento en el que suenan las alarmas y resuenan ecos con sesgos apocalípticos, sinceros, los menos , o interesados, los más, son muchos los artículos y reflexiones que surgen por doquier. En RE seleccionamos aquellas voces que nos hacen pensar sobre lo que todo este «barullo» supone para avanzar en el control de la IA, evitando tanto que las empresas sigan aumentando su poder como el derroche de recursos tan preciados como el agua y la energía. Este artículo es clarificador al respecto.

Paula Bach 16 de septiembre, 2026
Como el “fin de la historia” no funcionó y el “fin del trabajo” -al menos por el momento- tampoco, ahora tenemos el “fin de la humanidad”. Permítanme ser escéptica. Tengo la sensación de que el mayor peligro proviene de la implementación capitalista de IA en gran escala combinada con el resto de las tecnologías –y sus múltiples consecuencias sociales, políticas, económicas– y no de la IA misma. Implementación que, si en su realización plena reclama tanto una derrota catastrófica como un reordenamiento geopolítico de magnitudes comparables al menos a aquellos del neoliberalismo, igual que en aquel entonces, se trata de procesos que, de algún modo, se van ejecutando en cuotas, a través de los grados existentes de aplicación tecnológica, las guerras, las inversiones y la deuda descontroladas en sectores limitados como el de la IA en EE. UU. y sus posibles derivaciones.
Esto no quiere decir que el desarrollo de la IA y los agentes algorítmicos en sí no conlleve riesgos, los que –en mi opinión y, por el momento– difícilmente comporten una peligrosidad comparable a la de, por ejemplo, la energía atómica y la posibilidad de destrucción total del planeta. La cuestión de la “total autonomía” de la IA, nunca se puede descartar teóricamente pero permanece aún en territorio de pura especulación y no existe nada parecido en la actualidad. Ni siquiera es una realidad la Inteligencia Artificial General –a la que apuestan las 7 magníficas con la lógica del escalado– que está lejos, e incluso existen dudas de que pueda alcanzarse alguna vez ni, muchísimo menos, la superinteligencia, que sería la verdadera autonomía de las máquinas, considerada por buena parte de los especialistas y científicos como una suerte de delirio.
En este contexto, vale la pena puntualizar algunas cuestiones que me parecen relevantes.
1) Toda esta discusión sobre los riesgos catastróficos de la IA recuerda, otra vez, la famosa frase atribuida a Jameson de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo porque, si se mira un poco hacia atrás, las profecías distópicas son recurrentes y generalmente parten de un punto cierto como, por ejemplo, el colapsismo ecológico, por tomar la más reciente. Pero, mientras todos y todas nos entretenemos –y, sobre todo, nos aterrorizamos– con estas profecías, lo que va creando un mundo cada vez más distópico es la locura de la razón económica del capital –que es cada vez más enfermiza–, a la que pocos parecieran temer.
2) Hay una campaña desbocada de las propias empresas –9 de las 10 empresas más valiosas del mundo son tecnológicas y estadounidenses–, de sus ingenieros y sus CEO, que permanecen en ellas o que renuncian pasándose muchas veces a alguna otra compañía, alertando que el producto que venden es peligrosísimo… raro. Muchas voces bastante creíbles lo consideran una verdadera “singularidad” histórica… Una campaña de miedo que parece asociada a la acumulación de poder: a ninguna empresa ni Estado le resulta simpático quedarse por fuera de algo potencialmente tan riesgoso, incluso aunque no le genere beneficios significativos. Parte de la campaña es la idea de que si no siguen escalando –es decir, poniendo más centros de datos con más chips súper avanzados de IA, equipos, consumo frenético de energía y agua, además de contaminación ambiental, invirtiendo literalmente billones–, China va a ganar la carrera. Todo esto constituye un alimento infernal de las cotizaciones históricas en bolsa, es decir, que les está permitiendo acumular unas ganancias extraordinarias. Un instituto estadounidense sin fines de lucro bastante respetable dice desde hace ya unos meses que este discurso de las empresas de “ganarle a China” es una preparación del terreno para el rescate si la burbuja inversora se pincha, y que ya el Estado está gestando mecanismos de salvataje. Hay una discordancia muy grande entre las inversiones en IA y alta tecnología en EE. UU. y el resto de la economía (la variación interanual de la inversión es negativa en los sectores de baja tecnología) que plantea dos riesgos. Por un lado, la posibilidad de estallido de la burbuja inversora (la IA no es una burbuja, claro está, pero en torno a ella puede estarse gestando una gran burbuja financiera). Por otro, el de crowding out –que la IA termine fagocitándose al resto de la economía que no puede despegar y provocando un estancamiento generalizado–. No se puede saber, obviamente, qué es lo que va a pasar, pero cuando el capital mueve tanta plata con tantas disparidades estructurales, el riesgo es alto y los discursos poco confiables.
3) Ya prometieron utopías y distopías de todo tipo: el fin de la historia y del trabajo en su versión noventista; la cura universal de todas las enfermedades cuando se descifró el 90 % del genoma humano (se hundieron con las punto.com en el 2001); las células madre que, en cambio, iban a curar todo; los robots que iban a reemplazar todo el empleo –segunda promesa del fin del trabajo–; las criptomonedas que iban a dominar toda la economía, el “Metaverso” en el que tendríamos que estar viviendo hace varios años, etc., etc.
4) Mientras las empresas meten miedo masivo en torno al descontrol de su propio producto que siguen generando sin límites, lo más real, ciertamente, es el control sobre los trabajadores y las poblaciones en general –que están logrando mediante la aplicación en gran escala de IA– en la vida cotidiana, en el comercio para dar salida a la obsolescencia programada mediante la venta de cualquier porquería, y en las finanzas con infinitas aplicaciones que están ahogando en deudas a todo el mundo. El ejemplo puntualmente más dramático de “descontrol” hasta el momento fue el ataque a la escuela de niñas en Irán que puede haber involucrado software de IA Claude de Anthropic pero, este tipo de “errores asesinos” no son nuevos en la historia militar y se han ejecutado previamente con inteligencia natural.
5) Finalmente, sobre la cuestión de las regulaciones a la IA. No me parece, en principio, que se pueda apoyar ni rechazar en bloque toda idea de regulación, que en sí misma no puede definirse como progresiva o regresiva. De hecho, la discusión mundial está planteada como “regulación estatal” sí o no, Anthropic vs. Palantir, el Papa (encíclica Magnifica Humanitas) vs. (neo)liberalismo salvaje o Estados Unidos vs. Unión Europea. Y, como siempre, el problema es que el contenido de la regulación estatal mezcla aspectos defendibles con otros muy reaccionarios. La regulación no es neutral y las áreas de posible aplicación son prácticamente infinitas. Por ejemplo, se mezclan cuestiones progresivas como cierto control de los usuarios sobre los algoritmos (un proyecto en Australia) con la prohibición o restricción en muchos países del acceso a redes a menores de 16 años con la que, personalmente, no estoy en principio de acuerdo tratándose, además, de una medida que de paso refuerza la vigilancia sobre madres y padres o sea, sobre casi todo el mundo. Otra cuestión de peso es el límite entre el transhumanismo reaccionario y las intervenciones transgénero o la posibilidad de superar limitaciones físicas –una cuestión muy bien abordada, por ejemplo, por Facundo Nahuel Martín en su libro Ilustración sensible [1]–. Son sólo unos pocos ejemplos pero viene bien tenerlos en cuenta. En este contexto más que complejo, me inclino por apoyar y acompañar todo proceso legítimo que se desarrolle como, por ejemplo, la condena popular en New York a la instalación de centros de datos que el alcalde Zohran Mamdani tuvo que prohibir por un tiempo. Y, más en general, la idea de regulaciones muy progresivas como el repudio a los controles biométricos dentro y fuera de las actividades laborales o el repudio a la estafa de las aplicaciones financieras, asociadas a las discusiones, decisiones y control de los diversos y múltiples sectores de trabajadores y mayorías populares. En mi opinión, este apoyo y acompañamiento tiene que estar siempre ligado a una crítica aguda de la propiedad –que a su manera y con los objetivos conocidos, hasta el Papa tiene que señalar para bregar por el control estatal– pero para cuestionar su legitimidad. Porque, aunque movimientos populares significativos pueden llegar a poner ciertos límites, una regulación amplia y progresiva es impensable sin cuestionar los usos de las tecnologías que, obviamente, están íntimamente asociados a los fines de quienes las poseen. Y, en esa tensión, se pone en juego la relación de fuerzas. Es decir, en qué medida el capital es capaz de avanzar con la aplicación en gran escala no sólo de la IA sino de una IA mejorada cualitativamente y fusionada con una robótica también mejorada cualitativamente y otras tecnologías (como la bio y nanotecnología) para transformar la economía y la vida, y en qué medida la clase trabajadora y los sectores populares son capaces de avanzar cuestionando los propios fines y, por tanto, la propiedad de las tecnologías. Sobre esta tensión propongo en el último capítulo de mi libro [2] la idea de la hegemonía tecnológica. Esta idea emerge, sólo por adelantar aquí algunos títulos, como evidente crítica de la hegemonía capitalista actualmente existente y como un territorio de disputa vinculado a los “propósitos generales” de las tecnologías, en polémica con el proyecto, antihegemónico en mi visión, de renta básica universal. Propongo la construcción de una hegemonía tecnológica como necesidad para avanzar hacia una distribución cualitativamente distinta del tiempo de trabajo que permita a la vez incrementar el tiempo libre y otorgar protagonismo a la utilidad tanto del trabajo como de los bienes y servicios producidos y de la propia naturaleza. Planteo esta idea como un concepto en construcción, debatiendo sobre la “ética del trabajo” y priorizando los espacios que me parecen claves para pensar su desarrollo.
NOTAS AL PIE
[1] Martín, Facundo Nahuel, Ilustración sensible. Hacia un giro materialista en la teoría crítica, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2023.
[2] Bach, Paula, Las nuevas tecnologías en los límites del capital, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2025.
PROCEDENCIA: Huella del Sur. Original en La Izquierda Diario






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