Del boicot y la celebración

Este artículo de Javier Martínez forma parte de «La vida que vendrá», la newsletter de «Contra el Diluvio» con el número 36. Esta serie se plantea cómo podría ser y cómo conseguir un mundo, una ciudad o un barrio en el que vivir mejor y combatir el cambio climático. En este caso se centra en nuestra actitud personal ante compromisos con el consumismo o con el boicot a Israel. No es fácil perseverar el ello.

Javier Martínez. 16 nov 2025

Tengo la sensación de que ya no se habla demasiado de consumo en el ecosistema de la acción climática. Ha quedado al margen entre los entusiastas (me incluyo) de nuevos horizontes deseables de vida en común que abandonen la retórica del sacrificio, los debates sobre energías renovables, reindustrialización y la labor del Estado… y una cierta parálisis, desanimados por los escasos progresos, el avance de las reacciones y la siempre fulgente pasión por tener razón en Internet. Está más que superada la perspectiva mediante la cual el activismo medioambiental se ejecutaba en base a pequeñas acciones que sumaban grandes cambios en base a nuestras decisiones individuales y la reducción de nuestra huella de carbono; pero tampoco concuerdo con la complaciente falta de responsabilidad de lo que podríamos denominar “el discurso del 10%”; la afirmación de que el 10% es responsable de todas las emisiones como algo ajeno y solo un capricho de cuatro ricos que prenden el queroseno, como si no perteneciéramos a un país del Norte Global y fuésemos primogénitos de esa manera de vivir, de esa misma minoría voraz.

A pesar de que las aguas están en calma, cada dos por tres vuelve a surgir el falso dilema en redes y es descorazonador ver como comprometidos militantes de las izquierdas revientan la pelota para dejarla en el tejado ajeno: el cambio climático es culpa de la élite, yo no tengo nada que ver. Confundiendo, no sé si interesadamente, la culpa (que se agarra en el pecho, emponzoña todo e impide ver a dos palmos de distancia), la implicación y la responsabilidad. Pero no creo que ayude a salir de la negación un dedo acusador, otro grito digital, el enésimo. No vengo con una lección, sino con un aprendizaje que he incorporado en los últimos meses y que quizá aporte a la hora de buscar nuevos enfoques. Que no nos sobran.

Hace ya un año empecé a hacer ejercicio con regularidad y a comer mejor. He perdido ya la cuenta de las veces que inicié y terminé abandonando este proceso. Tal y como sabrá cualquiera que se haya enfrentado a las dietas o que conozca mínimamente el funcionamiento a nivel psicológico de este tipo de cambios, los enfoques categóricos no suelen servir. Me prometía a mí mismo que el lunes todo cambiaría, y quizá todo cambiaba durante unos días o unas semanas; pero al más mínimo error, debilidad o desestabilización, terminaba tirando todo por la borda. En esta ocasión me permití ir con calma; haciendo mío el espacio del gimnasio, disfrutando del aprendizaje sobre los movimientos y cambiando poco a poco unos alimentos con otros. Entré en un círculo virtuoso en el que descubría nuevas combinaciones y nuevas recetas, me divertía experimentando y seguía disfrutando de la comida y quedándome saciado. Recién acabo de empezar este camino, modificando hábitos, abandonando los más perniciosos y buscando encaje a los nuevos que quiero incorporar. Pero no me siento en conflicto con mi consumo, porque puedo modificarlo sin alzarme en armas contra mi pasado; me siento, más bien, en una época de negociación, de descubrimiento y de crecimiento.

He pensado mucho en que esta misma óptica puede aplicarse también al consumo como acto político. Abandonada la obsesión liberal por el reciclaje, muchos de los focos se han posado sobre el consumo de carne, tanto por el sufrimiento animal que conlleva como su innegable impacto climático. Paralelamente, transito también el proceso hacia una dieta 100% vegetal y me han ayudado muchísimo varias creadoras de contenido, concretamente de cocina vegana, que me han mostrado que las elaboraciones vegetales pueden ser tan (o más) atractivas, nutritivas y sabrosas. Es el mismo camino: descubrir, experimentar, disfrutar.

Ojalá funcionase la comunicación en negativo. Ojalá la difusión masiva de las pésimas condiciones de los animales sacrificados para nuestro plato sirviera para escalar exponencialmente el número de adeptos a las dietas plant-based. Creo que hay que seguir haciéndolo, por una básica cuestión de justicia, pero también creo que tiene límites a la hora de convencer y que solo impacta con fuerza en los ya previamente sensibilizados. Ojalá movilizase -a niveles relevantes- el reproche moral, porque la mayoría de las veces sobran las razones para argüirlo. Y en otras tantas es un ejercicio simple e irrenunciable de autodefensa. Pero no solamente no moviliza a gran escala, sino que el riesgo del backlash siempre está presente. Tampoco, reconozco, es una falsa dicotomía: se pueden llevar a cabo varias estrategias comunicativas sobre una causa de maneras simultáneas. Pero el progresismo puede, y debe, acostumbrarse también a celebrar, a invitar y a seducir.

El debate sobre el consumo ha vivido otra época bullente al margen del ecologismo; de la mano de la movilización contra el genocidio israelí en Palestina. El movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) lleva décadas siendo punta de lanza proponiendo el rechazo a determinadas marcas y productos que considera cómplices ya no solamente de la última ofensiva del criminal Estado sionista, también de su campaña de décadas de colonización y ocupación de los territorios palestinos, tanto en Gaza como en Cisjordania. El mes pasado fue comentado el artículo de Mikel López Iturriaga, también conocido con el nombre de su proyecto, El Comidista, sobre esta campaña de boicot, centrándose en los alimentos y en las empresas más señaladas por el BDS. Recibió críticas (algunas más constructivas, otras no tanto) por dejarse otras muchas compañías y productos fuera del texto y su respuesta fue, a mi juicio, muy inteligente: quien mucho abarca, poco aprieta.

Es mucho más efectivo centrarse en los peores prácticas e intentar aplicar una presión concentrada que llamar al boicot de un número demasiado elevado de productos y servicios, precisamente por el mismo motivo que no tiene sentido hacer tres horas de ejercicio el día siguiente a toda una vida de sedentarismo: el sobreesfuerzo tiene las patas cortas y es mucho más probable que se abandone el cambio cuando aparecen los síntomas de flaqueza, en vez de hacerlo sostenible y duradero en el tiempo. Urgidos por la insoportable impunidad de un genocidio televisado, muchos activistas y comunicadores se han olvidado de esta premisa básica; y se confunde, de nuevo, lo que nos gustaría que funcionase con lo que funciona.

Admiro y respeto al compañero que escribió este artículo en El Salto sobre las alternativas a Spotify, y me pareció pertinente e interesante: pero, una vez más, lamenté que se centrase en los “pecados” de las plataformas, planteando un escenario desmovilizador y gris de la elección del servicio menos malo en vez de centrarse en las virtudes de cada elección, también a nivel técnico y de usabilidad, para animar al cambio. Las opciones al margen se presentan prístinas, como la creación de una plataforma de escucha propia, pero poco realistas en cuanto a su adopción masiva. Nos urge que las ideas se midan por sus resultados y no solamente por impolutas.

Un problema añadido de este tipo de reproches morales -que, insisto, me parecen necesarios en su justa medida y, en determinados contextos, inevitables- es que no tienen final. Siempre va a haber algo más a lo que renunciar; y, por lo tanto, siempre va a ser fácil tachar a los que no lo hacen de traidores. Hay, además, un olor, sutil pero perenne, de reafirmación de la identidad militante en estos ejercicios; cuanto más agresivo es el tono, más percibo que lo que se busca, en el fondo, es glorificar y mitificar las decisiones propias, como si no fueran, también, hijas de un contexto y de unas facilidades intrínsecas.

Adelante con el boicot a los cómplices del genocidio y a los cómplices de la crisis climática. Adelante también a señalar y a promocionar a, por ejemplo, los productores de frutas y verduras con una relación sana con la tierra y con los que la trabajan. Critiquemos el uso del coche, claro, pero por qué no celebrar en voz alta la comodidad de un buen viaje en tren o en autobús, siempre que los gestores del transporte público lo permitan. Introduzcamos matices en el discurso sobre las herramientas a nuestra disposición, como la automoción eléctrica o la generación solar, que sin ser perfectas pueden ser aliadas. Compartir recetas no es solamente un hobby, es una acción profundamente política; y estoy convencido de que se puede vivir mucho mejor, sin recurrir a la falsa fuerza de voluntad o a la problemática disciplina, cambiando nuestro consumo.

PROCEDENCIA: La vida que vendrá. Contra el diluvio. 16 nov 2025

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