CUANDO EL PLIEGUE MUESTRA LA TOTALIDAD EN CADA FRAGMENTO

Un hermoso y motivador artículo de Juan Carlos Furlan a partir del humilde regalo de un modesto marlo (corazón leñoso) con algunas semillas de maíz de manos de un  opigua, líder religioso de una comunidad guaraní. A través de su relato nos lleva a reflexionar sobre la agroecología, como algo que es mucho más que un conjunto de prácticas alternativas para producir alimentos.

Juan Carlos Furlan, agricultor y creador digital, 12-02-2026


Lo recibí de manos del opigua, el líder religioso de la comunidad Mbya Guaraní, y en el momento no me pareció gran cosa. Era un marlo pequeño, de un blanco opaco, salpicado apenas por dos o tres granos negros. No tenía la exuberancia de los maíces híbridos ni la vistosidad de las variedades comerciales. Era, a simple vista, un maíz pobre. Pero venía de sus manos, y eso bastó para que sintiera que debía cuidarlo. No había certeza de que prosperara, no había evidencia de que mereciera el esfuerzo. Solo había esa intuición silenciosa de que ciertos regalos se reciben con la misma disposición con que se medita: sin juzgar, sin exigir, sin preguntar siquiera qué vendrá después. Durante siete años aquel maíz atravesó sequías que agrietaban la tierra, vientos que doblaban los tallos, heladas que prometían el fracaso. Y yo lo acompañé sin saber bien qué esperaba de él, solo con la convicción de que lo recibido merecía persistir. Hasta que la parcela alcanzó media hectárea y la cosecha entregó treinta kilos de semillas. Entonces comprendí por qué aquel marlo inicial parecía tan insignificante: no era un producto terminado, era un pliegue. Y lo que comenzó a desplegarse ante mis ojos no fue una mejora uniforme, como prescribe la agronomía, sino una erupción de colores, formas y tamaños que ningún programa de selección habría podido predecir. Rojos, marrones, rosados, marmolados, blancos perlados: la totalidad de su historia genética, cada paso de su evolución junto al ser humano, emergiendo simultáneamente en una misma parcela. Allí donde la ciencia espera homogeneidad, apareció el holograma.

El físico David Bohm sostenía que en cada fragmento del universo está contenida la totalidad, pero no de manera visible sino plegada, como una imagen completa esperando las condiciones para desplegarse. Ese marlo modesto era exactamente eso: un fragmento aparentemente pobre que contenía, plegada, la riqueza entera de su linaje. Las sequías que atravesaron sus ancestros, los suelos que nutrieron sus raíces, las manos que los desgranaron durante siglos, las ceremonias que acompañaron su siembra, todo eso no había desaparecido. Todo eso permanecía latente en la intimidad de cada célula, aguardando el momento propicio para manifestarse. Y el momento propicio no fue otro que aquel en que la mirada que lo cultivaba renunció a controlar, a predecir, a uniformar. Siete años de cuidado incondicional, sin expectativas de rendimiento ni exigencias de mejora, crearon las condiciones para que la memoria plegada pudiera, finalmente, desplegarse.

Porque la memoria genética no es un archivo estático que se hereda y se transmite sin cambios. Es una totalidad dinámica, un holograma viviente donde cada generación contiene a todas las anteriores y, a su vez, todas las futuras. Cuando la agronomía convencional selecciona para la uniformidad, no está eliminando diversidad: está suprimiendo la expresión de esa totalidad, forzando a la planta a ocultar la mayor parte de lo que es. Pero lo oculto no desaparece. Permanece plegado, esperando. Lo que aquel maíz mostró en su séptima cosecha no fue una mutación ni un cruzamiento fortuito. Fue la evidencia de que ningún paso de su larga historia ha sido cancelado. Cada grano rojo recordaba una selección ancestral en algún valle perdido. Cada grano marmolado guardaba la huella de una sequía superada. Cada grano perlado llevaba inscrita la gratitud de alguna cosecha abundante. Y todos ellos, simultáneamente, eran el mismo maíz que el opigua había puesto en mis manos años atrás, solo que ahora desplegado, visible, elocuente.

Bohm también propuso que la conciencia participa de este mismo orden implicado, que no hay una separación real entre el observador y lo observado. Si eso es cierto, entonces lo que ocurrió en esa parcela no fue solo un fenómeno biológico. Fue un encuentro entre dos memorias que se reconocieron mutuamente. Porque también en mí estaba plegada la historia de quienes durante milenios han cuidado estas plantas, han honrado sus semillas, han aprendido a leer en sus colores la salud de la tierra. Cuando decidí conservar aquel marlo insignificante, no actué desde el conocimiento técnico ni desde la certeza del resultado. Actué desde algo más antiguo: esa disposición incondicional que no pregunta para qué sirve lo que recibe, sino que simplemente lo acoge y lo acompaña. Esa disposición es la misma que permite que el holograma se despliegue. Es la atención sin exigencia, el cuidado sin expectativa, la paciencia sin recompensa. Y cuando ella está presente, la totalidad puede, finalmente, mostrarse.

La agroecología, cuando se vive como este darse cuenta, no es un conjunto de prácticas alternativas para producir alimentos. Es el sendero que permite percibir que la separación entre el que cuida y lo cuidado es una ilusión. En la parcela donde el maíz exhibe simultáneamente todos los colores de su historia, no hay un agricultor que contempla un cultivo. Hay una totalidad que se contempla a sí misma a través de una forma particular de atención. Cada grano es un fragmento que contiene el todo. Cada ciclo de siembra y cosecha es un movimiento de despliegue. Y cada mano que selecciona sin otro criterio que el asombro está participando de ese movimiento, no como su director sino como su testigo agradecido. No se trata de mejorar el maíz. Se trata de permitir que el maíz sea todo lo que siempre ha sido. Y en esa permisividad radical, en esa renuncia a imponer nuestra imagen de lo que debería ser, ocurre algo que ninguna tecnología puede producir: la evidencia viva de que la totalidad nunca se ha perdido, solo esperaba ser vista.

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